Evolución de las especies y meritocracia

Hablar de evolución y selección natural de las especies y el  acceso justo por méritos a la educación, tienen diversos ángulos en común  y uno de ellos es la adaptación de los individuos para sobrevivir y perpetuar a los miembros de una especie de manera exitosa, en un medio ambiente cambiante, que ejerce una presión específica a una modificación de nuestro organismo, como pueden ser el color de piel, el tamaño del cerebro  o la condición de ser bípedos.

Esta sobrevivencia de los individuos  es producto de mutaciones a nivel de los genes, que se adaptan a los cambios del ambiente, en la que la naturaleza selecciona aquellos atributos que permiten estar en equilibrio con su entorno, minimizando el efecto de las  condiciones adversas que terminen por extinguir la especie, en tiempo evolutivo de cientos de años e incluso miles.

De la misma manera que la evolución selecciona a una especie apta para sobrevivir en un determinado entorno, la meritocracia, una expresión híbrida de talento y esfuerzo, es el nuevo trato de la democracia tradicional ,y al igual que la evolución natural, emerge   como una  presión selectiva de la subespecie llamada elite  para justificar el gatopardismo remozado o de una suavización de la desigualdad, que no  es más que la expresión de las filtraciones en  el sistema político y burocrático no solo en Chile, también como un fenómeno que se expande en Latinoamérica con el advenimiento de una población más educada e ilustrada que no tolera el  nepotismo ni la selección del linaje.

Sin embargo, la meritocracia no deja de ser  una trampa, ¿quién podría oponerse a este beneficio que brinda la naturaleza? Y tal como dice el sociólogo inglés Michel Young ya nadie podría cuestionar el éxito de la elite.

El descenso social de la subespecie de elite es tan marginal como lo es el ascenso del resto de la  población, dado que la meritocracia solo concibe resultados “medibles”, especialmente en el modelo educativo, que se instala como proyecto político y cultural. En donde el desempeño o mérito final no brinda relevancia  al esfuerzo, imposible de  medir en la población, así lo señala Sandursky en su libro Giving desert its due, dando como resultante que cada uno recibe lo que se merece.

Por tanto, la selección rigurosa de individuos inteligentes y capaces,  que están distribuidos de manera aleatoria en la población pasan a ser, gracias al diseño educativo,  un material reservado para  quienes pueden  interpretar el accionar ( hábitus para algunos autores) de  los códigos de la cultura arbitraria del modelo educativo, desvalorizando el  acceso justo, el que  no tiene sentido ni cabida en el contexto del mérito.

En otras palabras, el éxito adaptativo de los individuos depende de una adecuada interpretación de esta arbitrariedad cultural.

Esta sub especie de individuos que propicia la meritocracia en condiciones de desigualdad, se ha diferenciado con evidente éxito y  tienen la cualidad de  traspasar sus adaptaciones  a sus futuras generaciones en tiempo humano, aunque hayan genes aberrantes -de corrupción, delincuencia, mitomanía curricular, cleptomanía estatal -  redes y vínculos sociales de larga data, que no es exclusivo de la elite ya que también se expresan en la población normal , pero que tienen la virtud de no enfrentar sus consecuencias o sanción social .

Una de las variables relevantes del éxito de la especie elite se focaliza en el  trabajo colectivo, ya no basta un individuo, se requiere de un trabajo social sincronizado, donde unos protegen, otros hacen lobby o el otro se moviliza  o se mimetiza, transformando la meritocracia en una lucha por la existencia a nivel simbólico, que en condiciones de desigualdad es solo  un requerimiento para la población normal. 

Haciendo del esfuerzo  una herramienta de retribución que define quiénes pueden acceder al poder económico, político o de simple estatus, como en un plan,  sin azar.

Entonces, ¿existirán estímulos para ser eficientes o eficaces, como por ejemplo en la administración pública o en las empresas? Si solo es la herencia de la elite la que define los altos mandos, las carteras ministeriales o el  nepotismo de asesores tan expandido entre unos y otros, sus efectos serían evidentes en la  corrupción institucional, la delincuencia ideológica o de una planificación del Estado sin sentido de futuro.

Paradójicamente este diseño propicia la mediocridad tanto en la subespecie elite como en el resto de la población, dado que serían muy bajas las presiones ambientales de verdadera competencia y su destino estaría trazado, por una distribución previa de los recursos.

Mientras no hayan correcciones a las  oportunidades de base desde los primeros años de vida en los individuos, la meritocracia debiera sumar en su ecuación de talento y esfuerzo, el azar, o simplemente la combinación de estar en el lugar y momento adecuado, así los individuos - aparentemente iguales - podrían optar a  mejores posibilidades de competencia.

Tal como dice Erwin Schrödinger (Premio Nobel de física en 1933) en su libro Mente y materia, algunas flores crecen  con sol y otras con sombra y el costo de adaptarse, demanda recursos y energías complejas de medir en condiciones de aparente meritocracia, que  solo conlleva a un solo episodio, la lucha por la existencia.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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