La realidad en el espejo roto: Chile y el laberinto de la ficción digital

Hubo un tiempo en que la ficción era el lugar donde íbamos a descansar del mundo. Un refugio. Hoy, qué duda cabe, la cosa se dio vuelta. Estamos metidos en lo que Baudrillard llamaba esa "hiperrealidad" pegajosa, donde un posteo de Instagram o un audio de WhatsApp reenviado mil veces por un pariente asustado tiene más peso que la verdad que tenemos frente a la nariz. En este Chile de 2026, la ficción ya no nos salva de nada; al revés, nos tiene de rehenes. Es una herramienta de control político, así de corto.

Y no es casualidad. Hay guionistas detrás de esto, gente que escribe el libreto de nuestra rabia desde las oficinas del capital transnacional. Los algoritmos no son neutros: están hechos para vender nuestras emociones, para fragmentarnos. Es lo que Byung-Chul Han llama "nfocracia". Pasamos de ser ciudadanos con opinión a ser consumidores de odio que solo aceptan lo que les da el favor. El juicio propio, ese que nos permitía mirar al vecino y reconocerlo, se nos ha ido muriendo en el scroll infinito de la pantalla.

Miremos la contingencia, esa que duele.

Mientras el progresismo intenta levantar reformas para que la educación, la salud o las pensiones dejen de ser un negocio de pocos, la "máquina de fango" del capitalismo radical no descansa. Le dan con todo. Usan contenido digital manipulado o deepfakes para que algún parlamentario o personero de gobierno aparezca diciendo una aberración y, antes de que alguien pueda desmentirlo, el daño ya está hecho en el grupo de WhatsApp de la familia. Es la postverdad de Lee McIntyre: no se trata de mentir por mentir, sino de romper la confianza en lo público para que, al final del día, los de siempre sigan ganando. Para que nada cambie.

Ese modelamiento informacional peligroso que también lo vemos a nivel internacional, bajó a la calle. Ya no es solo política de elite. Ahora es el "cuento del tío" con esteroides: delincuentes que te clonan la voz con inteligencia artificial y te llaman con el tono exacto de tu hijo /a o tu madre. Síntoma de un Estado digital al debe, que llega tarde, siempre tarde, mientras los más vulnerables caen en estafas que a nadie en el mercado financiero le interesa frenar. Y de fondo, el narco-culto en TikTok, ese alarde de fuego y plata fácil y sangrienta que seduce a los jóvenes carenciados que el sistema tiró a la cuneta. Una ficción de éxito que después la derecha política usa para estigmatizar poblaciones enteras y pedir garrote, cuando lo que falta son parques, escuelas, dignidad, empleo y gratuidad universitaria.

¿Cómo salimos de este laberinto? No es con censura, eso es peor.

Es con educación pública, pero de la de verdad. Una que sea gratis y diversa, que tenga transversalizada la Alfabetización Mediática Informacional (AMI), para que nos enseñe a sospechar, a diseccionar quién es el dueño del circo. Necesitamos recuperar la lucidez colectiva. Enseñar en las escuelas que nuestra voz y nuestro rostro no son mercancía. Que la solidaridad vale más que el alarde de un delincuente con una pistola en un video de 10 segundos.

Si no recuperamos la frontera entre lo real y lo inventado, nos van a terminar robando hasta el derecho a imaginar un futuro justo. Si dejamos que la convivencia social la manejen los algoritmos de Silicon Valley, la democracia chilena va a terminar siendo un desierto de espejitos de colores.

Al final, si permitimos que el juicio crítico se nos ahogue en este mar de mentiras diseñadas para que nos odiemos, nuestra libertad no va a ser más que otra de nuestras grandes, hermosas y tristes ficciones nacionales.