Love

                                     

Por fin ocurrió.

La primera muerte de frío de un mendigo en el año.

Cubierto por trapos y cartones, no tenía cuerpo ni rostro, pero la fotografía mostraba en la muralla sin techo que fue su último hogar, la palabra “love”, escrita a grandes trazos torcidos con un spray de color negro.

Paradoja honrosa, que se transforma en su epitafio cínico, pero lleno de belleza.

¿Escrita antes de su muerte? Fue a morir acurrucado contra y bajo una palabra hermosa a la que le dio vida.

¿Escrita después de su muerte? Fue un hermoso exorcismo que lo volvió a la vida.

La palabra amor, escapó de su muerte, como un vómito después de la náusea frente a la misma muerte.

Hoy, está como un muerto, que sufrió la peor muerte, la acompañada por la soledad más sola que la misma muerte, “demasiado muerto para vivir, y demasiado vivo para morir”.

Hasta los miles de ojos de las estrellas, no quisieron iluminar esa noche oscura y,le negaron toda compañía.

Pero su muerte irradia la belleza que conmociona, la belleza del desastre, de lo que irrumpe como un velo que oculta la cara de un muerto.

La belleza de su rostro sin vida, que no podemos ver.

Los cartones y el género, lo encubrieron y nació lo distinto, el rostro de un muerto que nos impidió descubrirlo, y contemplar lo completamente distinto a mí mismo, la muerte de un  otro, y ahí acontece la esencia de la belleza, la náusea y el sufrimiento de lo realmente bello.

Donde hay revestimiento, ocultamiento, anida lo bello.

Su muerte tiene el aroma de la belleza, realzada por una palabra que destila belleza pura y absoluta, la palabra “amor” que lo cubrió pudorosa.

Pero cuando lo convirtieron en el “primer muerto”, es decir en un número, en sólo información, rompieron el hechizo y murió la belleza porque no hubo nada que ocultar. Fue y es sólo el “primero”, el número uno.

Desapareció lo negativo, la fractura y la fuga de lo negativo, de lo que es el ser humano en la plena belleza de su muerte, de lo completamente distinto.

Fue hecho desaparecer, en un vano intento de escapar del horror de lo que nos hace inhumanos dentro de nuestra propia humanidad. La indiferencia absoluta por el otro, el más débil, el prójimo que nos muestra en la diferencia abismal, nuestra propia fragilidad.

Quizás, si esta manera, no es más que otra forma espúrea de encubrimiento, también tiene un germen de belleza.

La muerte de esta persona, un marginal, un residuo, un des-hecho, un sin calle, un otro radicalmente distinto y negativo en su debilidad extrema y mortal, lo cubierto y oculto, contra lo positivo del éxito y lo homogéneo, lo igual, lo que no se oculta, lo que se transparenta absolutamente, es decir, lo que finalmente no es la vida, nos permite como diría el filósofo Byung-Chul Han, la salvación de lo bello, es decir, de la humanidad de lo humano.

Sólo si somos capaces de conmocionarnos, con esta verdadera catástrofe humanitaria.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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