Pañuelos-a-cien

Esta mañana vi que carabineros cursaba un parte a la señora que, en la Estación Los Héroes del Metro, vende pañuelos-a-cien. A veces, ante la inminente amenaza de un estornudo, le he comprado un pañuelo-a-cien. Hoy la vi angustiada mientras una mujer de la policía anotaba la falta en un talonario. Imagino que la señora quedaría citada al Juzgado de Policía Local, su mercadería confiscada, y forzada a pagar una multa.

Luego recordé la edición del viernes de El Decano – así llaman al periódico más antiguo de mi país. Con fotos de múltiples colores, El Decano reclamaba la indolencia policial frente a las muchas señoras, caballeros y jóvenes que venden cosas-a-mil, a cien o tres-por-luca.Todos informales, todos ilegales, inundando las calles de una Providencia más bien indiferente o de una Alameda llena más de promesas que de otra cosa. Y pensé: “El Decano ha hecho su trabajo”.

Luego, algunos minutos después, ya en mi oficina, mientras me preparaba el café, pensé lo importante que era que El Decano cumpliera su trabajo. La ciudad se plaga de ilegales, personas premunidas de manteles y de todo tipo de baratijas desplegadas como si la vereda fuese un bazar.Imposible transitar por ella, reclama El Decano. La labor periodística es, pues, un deber moral.

Al final, señoras como la que vende pañuelos-a-cien defraudan el sistema tributario, ponen en jaque la economía, y amenazan a miles de ahorrantes del sistema previsional cuyas suertes dependen del buen funcionamiento del mercado.

“Tal vez debiera estar agradecido de El Decano”, pensé. “¿Por qué no enviar una carta de agradecimiento?”Hoy tal vez pueda dormir tranquilo. Las veredas de la Providencia están aseguradas por la mirada vigilante de El Decano, mientras la señora de los pañuelos-a-cien se maldice a sí misma por no haber notado la presencia policial, por haber caído en la trampa y por haber perdido la mercadería.

Mientras cursaban la infracción, el rostro de los policías expresaba – o yo creía ver en ello – resignación. También el de señora de los pañuelos-a-cien y la de la señora de los jugos-naturales que, imagino habrá sufrido igual castigo.

La estación, los transeúntes, yo mismo, nos resignábamos al designio profético de El Decano. La ciudad, entre las 8:15 y las 8:30, era higienizada. De eso debiéramos estar agradecidos. Nadie se intoxicaría ni con los jugos, ni con las sopaipillas, ni con los sándwiches. Tampoco sería muy grande la merma para la fábrica de pañuelos-a-cien. Al final todo el país resultaba protegido.

“Es curioso”, me dije, “El Decano ayuda, limpia, higieniza, no miente”. La sola presencia del periódico debiera ser un motivo de seguridad, de confianza, de transparencia. Debiéramos estarle agradecidos. Al periódico y a todos quienes, día a día, contribuyen a sentirnos en casa.

A un ex alcalde que tanto hizo por el Municipio, a una senadora de mi Región que apenas pudo ganar su cupo parlamentario (porque no era de allí), a un candidato presidencial (¿o a más de uno?), a algunos funcionarios del tesoro (a quienes he visto clausurando el puesto de un zapatero por evadir sus obligaciones tributarias), hasta un chofer, un martillero público, un par de empresarios, todos quienes ameritan la condescendencia de El Decano.

Pienso que mañana, tal vez, compre diez pañuelos-a-cien. Mil pesos no es mucho. No tanto.Más se me fueron y se me van de mis precarios ahorros previsionales. Puede que me multen, que algún reportaje investigativo de El Decano informe de aquellos ciudadanos-cómplices de la gran trama del delito callejero, de compradores y consumidores irresponsables que mejor harían en guardar sus pesos en instituciones financieras solventes, de aquellas que aseguran el progreso del país y a las que debemos agradecer su generoso aporte, esta vez, a la Teletón.

Si no es mañana, pasado mañana, la Alameda, la Providencia y hasta la mismísima torre de Entel volverán a su normalidad. A pesar de todo podré caminar tranquilo a mi trabajo y no me preocupará mucho el resfrío del día pues, con un pañuelo-a-cien, me siento protegido.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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