La confusión en el Premio Nacional de Artes Musicales

El reciente otorgamiento del Premio Nacional de Artes Musicales ha suscitado opiniones polémicas, especialmente por parte de algunos representantes de la música popular, que se sienten postergados por no haber sido considerados a pesar de esgrimir como argumentos reconocidos méritos.

Se discute el hecho de que con excepción del caso de Margot Loyola (1994), siempre se ha premiado a representantes de la música culta, lo que demostraría una falta de compresión de parte del jurado de los aportes que hacen las músicas de géneros diferentes al hasta ahora mayoritariamente considerado.

La verdad es que estos alegatos tienen como principal causa la poca claridad en los criterios que se emplean para otorgar este tipo de galardones. El protagonismo mediático de la música popular, transformada hoy día en una de las grandes industrias culturales globalizadas, le ha dado una importancia a este género que nunca tuvo en el pasado.

Por otra parte, la búsqueda de identidades nacionales dentro de este mismo fenómeno de globalización ha despertado el interés por la música folklórica, generando fenómenos nuevos de valorización de la música autóctona, de recopilación y difusión de ésta, y de creación de nuevas músicas a partir de esas fuentes re-descubiertas.

Por su parte, la música de creación, clásica, culta, o como quiera llamársele, ha seguido su camino, re-apropiándose de su propia tradición, difundiéndose a través de sus medios propios y re-inventándose bajo nuevas formas.

Dentro de este cuadro, la música se ha diversificado considerablemente y como cada uno de estos tres géneros requieren aprendizajes específicos, talentos particulares, formas de apropiación y de difusión originales, y técnicas de apoyo diferentes, puede afirmarse que se trata de mundos verdaderamente separados que funcionan cada uno por su lado y que persiguen objetivos artísticos completamente diversos.

Sin duda, hay muchas maneras de conexión entre estos mundos y hasta intentos de tender puentes entre ellos a través de creaciones que se mueven en zonas intermedias. Pero eso no cambia para nada la divergencia esencial que experimenta cada uno de estos géneros en su desarrollo, expresándose sus formas más puras en zonas completamente ajenas las unas de las otras.

Por eso es completamente absurda la existencia de un premio que no considera estas diferencias y que presupone equivocadamente que la música es un vasto campo unitario donde todas estas diversidades desaparecen. Es cierto que cada cierto tiempo los propios músicos contribuyen a la confusión haciendo afirmaciones de buena crianza, no poco demagógicas, como que “la música es una sola”, o que “la única diferencia que pueda hacerse legítimamente en las artes musicales es entre buena y mala música”.

Lo cierto es que en los tres géneros citados los criterios de calidad artística, de contribución al desarrollo del arte nacional y de importancia para nuestra cultura son completamente diferentes.

Es hasta ridículo imaginarse qué argumentos podrán haberse dado en el seno del jurado para comparar la obra de León Schidlowsky, con la de Patricio Mans, por ejemplo, o con la del eterno postulante a este premio, Vicente Bianchie (16 veces).

También sería absurdo sacar conclusiones sobre los resultados; decir, por ejemplo, que la Missa sine Nomine (In memoriam Víctor Jara) es una obra más lograda que Arriba en la cordillera o las Tonadas de Manuel Rodríguez, y que por eso se premió a su autor.

Tampoco parece muy lógico que el nombre solitario de Margot Loyola figure en una lista de músicos doctos premiados. Todo esto no tiene ni pies ni cabeza y muestra únicamente la falta de rigor con que se opera habitualmente en nuestro país cuando se trata de cuestiones que tienen que ver con la cultura.

Que este año se haya elegido a León Schidlowsky está bien, no tenemos nada en contra.Es un gran músico y ha hecho un gran aporte a la música docta chilena. Pero eso significa que a juicio del jurado el premio está destinado a premiar a los músicos de ese género y no a otros, cuestión que debería asumirse y establecerse de esa manera para que en el futuro no se provoquen nuevas confusiones.

¿Debería premiarse también a músicos de otros géneros? Creo que sería justo, pero abriendo para ellos una categoría especial de premiación. Es cierto que precisamente para equilibrar estas falencias se creó el Premio Presidente de la República, que hace claramente la diferencia entre los tres géneros.Pero para hacer justicia en esto, el Premio Nacional de Artes Musicales también debería hacerlas.

Es incluso una falta de rigor legislativo que un premio haga estas diferencias y el otro no. Pero es urgente poner claridad en todo esto, para no generar falsas expectativas y para no seguir produciendo la impresión de indiferencia del Estado frente a géneros musicales cuyos aportes también deberían ser reconocidos en propiedad.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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