Migración de los sin poder, la fraternidad ante dos muros

“El hambre no tiene fronteras. Por mucho que les pegues 20 pelotazos no les paras”, decía esta semana un agente policial en la frontera entre España y Marruecos, en Melilla."Esto es una lucha cuerpo a cuerpo", dice otro.“Hay que tener mucho valor, encomendarse a Dios y saltar”, decía un camerunés.

Los escenarios pueden cambiar pero no mucho los guiones: “Primero hay que esquivar la vigilancia americana, que está en la línea, y luego correr hasta el pueblo más cercano, donde los coyotes tienen sus contactos (…)”, cuenta un mexicano y continúa:“hay tramos que te llevan en coche en la cajuela, amontonados como guajolotes y pues sí, se sufre”.

Rejas y muros, desiertos y mares; policías, mafias y vagones. Los migrantes soñadores de todo el mundo, poderosos física y espiritualmente pero sin poder político y económico, los conocen bien.

Son los muros físicos que tienen que traspasar para llegar a mejor vida. Muros naturales, humanos y artificiales, en alianza muchas veces mortal.

Pero no son los únicos muros ni los más decisivos del nuevo migrante. Hay otros muros que operan contra ellos y contra los mismos que los sostienen y los construyen. Son muros interiores, culturales. Respiran ambición y miedo. En ellos el migrante sin poder puede ser sólo una oportunidad de negocio o una amenaza. Dos muros que ahogan la fraternidad.

El muro del economicismo es uno. La lógica de mirar al migrante nada más que como un posible rédito económico. Mirada y espera auto-interesada: “La tasa de natalidad ha disminuido, se necesita mano de obra joven”; “faltan trabajadores en los campos, abramos las fronteras”; “necesitamos ganar en competitividad, reducir costos y por tanto, personas que estén dispuesta a trabajar por menos”.

El negocio es perfecto y la conciencia puede estar muchas veces quieta: “si ellas están dispuestas a trabajar, nadie las obliga, ganamos todos”. En vez de subir sueldos, que vengan los migrantes.Lo mejor para el país.

Es cierto, la lógica mercantil hace que muchas veces los auto-intereses confluyan, ya lo decía Smith. El país, la empresa necesita de ellos. Ellos necesitan de trabajo.Bienvenidos.¿Hasta cuándo? ¿Mientras suceda qué? Hasta que la disposición a trabajar sea a menores sueldos que los demás produciendo igual calidad.

Si los migrantes pueden formar sindicatos, si los migrantes exigen los mismos sueldos que los nacionales, el asunto se complica. ¿Todos los migrantes? Aquellos que sean un aporte económico.

Si van a ser una carga para el Estado, mejor no. Si la situación empeora y ya no hay trabajo, no hay renovación de papeles.Aquí la fraternidad espera.

El otro muro ideológico funciona distinto. La economía como un todo puede beneficiarse de la migración, pero, ¿y los trabajadores nacionales? ¿Y la identidad cultural de los pueblos? ¿Y la seguridad de los barrios? El migrante ya no es sólo una oportunidad de negocio, puede ser también una amenaza. De la ambición al miedo.

El migrante sin poder es ahora un contrincante en la búsqueda de trabajo y mejores sueldos. El migrante sin poder es con el que necesito diferenciarme. El que rompe la seguridad laboral pero también la seguridad de ser lo que siempre hemos sido.

Oportunidad quizás de expresar superioridad, siempre desde el miedo. Si no hay trabajo, la culpa es del migrante. Si los sueldos bajaron, la culpa es de ellos. Es que “ellos son unos vendidos, se conforman con migajas”.En vez de luchar por sueldos y derechos para todos.En vez de acusar el aprovechamiento del empleador.La culpa es del migrante indigno.

Pero la amenaza no sólo es económica. También es cultural y religiosa. Más aún si está precedida por una identidad débil y necesitada de reafirmación. Más si ha sido vapuleada y necesita mostrar su poder… Clasismo y racismo juntos. De pobre a más pobre. Ropas, comidas y lengua ridiculizadas. Si vienen aún para nuestra nación, es que son inferiores. Ellos necesitan de nosotros. Son menos que nosotros. No tienen derecho a la indignación, tampoco al error.El delito, peor aún, imperdonable. Aquí también la fraternidad espera.

La fraternidad en grande espera. No la íntima, la de los que venimos del mismo origen, pensamos lo mismo y vivimos lo mismo. No la ñoña, la que se da sin justicia.No la asimiladora, la que evade la diversidad.

Fraternidad inclusiva, que está pronta a reconocer en el distinto, en el que está afuera de la comunidad, a un hermano u hermana. Con vínculos comunes previos y un horizonte también común. Fraternidad igualitaria y que anhela la libertad de todos y que por tanto está pronta a reconocer derechos humanos y sociales por sobre la condición de origen y los méritos en el mercado.

Habrá deberes como todos, pero con derechos a la igualdad de trato. ¡Partiendo por el derecho a migrar! Y, por último, fraternidad que valora la diversidad, que la busca y la disfruta.Porque lejos de amenazar la identidad, está siempre en camino, y se construye y enriquece en el diálogo.

Esa fraternidad se abre espacio entre los muros y muchas veces gana. En legislaciones más justas pero también en mucho más.Cantos, bailes y tradiciones.Pensamiento y acción nueva.Trabajo y esfuerzo como ejemplo.Despliegue del poder que lleva el migrante soñador dentro.

Contaminación mutua. Traspaso de amores.

Hoy las legislaciones en el mundo avanzan y retroceden en estas lógicas. En particular en Chile, se abre una nueva oportunidad con la nueva ley migratoria que se tramita en el congreso.Esta debe reemplazar a una temerosa ley de 1975 marcada por la doctrina de la seguridad nacional.Es ahora el momento de pensar la ley con un nuevo paradigma.Y ni dejarse llevar por el temor identitario, ni tampoco por una visión economicista de corto plazo.Hay que reconocer y promover derechos a la altura de la humanidad (Invito a ver video campaña: “Hablemos de inmigración”).

Ahora, como la experiencia de otros países enseña, aún con las mejores legislaciones, buena parte de las posibilidades de justicia real se va a jugar en la voluntad política del Estado y toda la ciudadanía de cumplir y hacer cumplir la ley, especialmente en las crisis que inevitablemente llegarán. Y, aún más, ir más allá de la ley que fijará sólo mínimos.

Y allí, como hoy, y como en todo el mundo, estarán nuevamente vigentes los mismos muros, interiores y exteriores, y la espera de una nueva cultura, fraterna en grande.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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