Lo ocurrido en el Instituto Obispo Silva Lezaeta de Calama nos dejó a todos una pregunta urgente: ¿Cómo se vuelve a clases después de un trauma así? La respuesta no está en un nuevo protocolo de seguridad ni en una circular del ministerio. La respuesta está en la oficina del director.
En momentos como este queda claro que el director de un colegio o un jardín infantil no es un "gerente de sucursal" ni un administrador de papeles. Es un líder que debe navegar lo que Ronald Heifetz llama un "desafío adaptativo": esos problemas donde no hay una receta escrita y donde la solución requiere que toda la comunidad -profesores, padres y niños- aprenda a caminar de nuevo.
La autoridad sirve para poner candados, cámaras y detecta metales, pero el liderazgo es lo que se necesita para que un docente, que también tiene miedo, se atreva a entrar al aula y mirar a sus alumnos a los ojos.
La evidencia es implacable. Cuando una comunidad educativa vive un evento violento, las secuelas pueden durar años. Aumenta el ausentismo, caen las notas y se dispara la rotación de profesores. Sin un liderazgo fuerte, el daño se vuelve crónico.
Para evitar este naufragio, el director debe tener la valentía de enfrentar conversaciones difíciles: escuchar el dolor de su equipo, reconocer que nadie tiene todas las respuestas y, sobre todo, movilizar a todos hacia una meta común, sanar. Esto no se logra con una instrucción vertical, sino involucrando a cada actor en la solución.
El problema es que hoy tratamos a nuestros directores como tramitadores de informes. Los tenemos asfixiados en una burocracia que les quita el oxígeno justo cuando más necesitamos que estén presentes, observando, escuchando y dando soporte emocional a sus equipos.
Es hora de que dejemos de ver la dirección escolar como un rol de segunda categoría. Un director es el líder de una comunidad que se está reconstruyendo. Devolvámosles el tiempo y el respaldo para que puedan hacer lo que mejor saben hacer: cuidar el futuro de nuestros niños.
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