El deber de educar

La Universidad de Santiago tiene, entre otras vocaciones, atraer a los mejores estudiantes entre aquellos de recursos limitados para formarlos como profesionales. No es tarea fácil: estudiantes que durante la enseñanza secundaria no tuvieron práctica en la resolución de problemas mediante diálogo difícilmente sabrán resolver conflictos de adultos. Un débil conocimiento de los procedimientos democráticos en la adolescencia, la práctica de la funa y el debilitamiento mental producido por las redes sociales se transforma, a los 18 años, en acciones que dañan a la universidad que los protege y les asegura el futuro.

Desde el exrector Zolezzi en adelante, quien ocupó el cargo desde 2010 a 2022, los principales conflictos estudiantiles han sido resueltos con demagogia. Todo el mundo lo dice en privado, pero nadie se atreve a exponerlo. En numerosas ocasiones, la salida de los conflictos se ha obtenido negociando con los dirigentes estudiantiles una baja de las exigencias académicas y sometiendo a funcionarios y estudiantes, en especial varones, a una policía de la moral, con acusaciones de género a veces serias y graves, a veces frívolas e infundadas. La demagogia conduce a poner en peligro algunos aspectos de la gobernabilidad académica y debilita docencia e investigación.

Estudiantes de recursos limitados, que estudian con gran esfuerzo, que trabajan en vacaciones o incluso por la noche para contribuir con sus familias y, aun así, tienen buenos rendimientos, se merecen algo mejor que paros estudiantiles. Que la Universidad de Santiago sea conocida también por sus exigencias académicas es garantía de que sus diplomas permitirán obtener buenos trabajos y remuneraciones al día siguiente de titularse o incluso antes. Cuando algunos dirigentes estudiantiles lo ignoran, engañan a sus compañeros de clase social.

La Universidad de Santiago sufre también importantes problemas jurídicos. La Dirección Jurídica y, en especial, algunas profesionales de la Unidad de Procedimientos Disciplinarios, proveen escasa certeza legal. Así se refleja en al menos tres acontecimientos. Primero, en la tramitación de algunos sumarios, algunos de ellos convertidos en prototipo de faltas al debido proceso y a los derechos humanos. En esta unidad, hay quienes, según convenga, hacen aparecer y desaparecer las pruebas de los expedientes. Denunciadas las faltas procesales, las unidades mencionadas los amparan.

Asimismo, la Dirección Jurídica no previó o no hizo públicas las consecuencias de algunas adquisiciones de inmuebles, hoy detenidas por la Contraloría.

Finalmente, la última elección de rector fue anulada por el Tribunal Calificador de Elecciones. La sentencia explica que en esa elección los profesores por hora de clase fueron indebidamente excluidos del padrón electoral y ordenó volver a celebrar el proceso, que tendrá lugar el 29 de abril próximo.

Mantener los altos rendimientos de la Universidad de Santiago requiere acciones de fondo. El ganador de las próximas elecciones tendrá una tarea difícil: mantener su alta calidad docente y de investigación y, al mismo tiempo, orientarse preferentemente (pero no exclusivamente), a los mejores estudiantes hijos de trabajadores. Para asegurar su actual calidad, la Universidad de Santiago requiere fortalecer un gobierno académico y la seguridad jurídica de sus procedimientos.

Académicos, estudiantes y funcionarios deben trabajar juntos e institucionalmente para mantener la Universidad de Santiago como eje del ascenso social por mérito de la República de Chile. Sería inaceptable que la USACh falte a su deber de enseñar. La gran mayoría de estudiantes eligió esa casa de estudios por su calidad y la Universidad debe garantizarla. Por eso, sus autoridades deben, desde el primer día, formar a sus alumnos en los procedimientos para plantear y resolver conflictos, mostrando también los límites a quienes quieran transgredirlos. Paros, funas, relajo académico, incerteza (también jurídica) y ofertones electorales son el mejor modo de traicionar la misión de la Universidad de Santiago y a la meritocracia juvenil.

Es hora de dar el combate ideológico por la educación pública, no con discursos, sino en el gobierno universitario del día a día.