Existen muchas críticas de la sociedad dirigidas a las universidades. Estas críticas se centran en la forma rígida en que se establece que una determinada manera de construir un currículum universitario o la trayectoria de un programa de una carrera generará un profesional con ciertas características, asegurando que estará preparado para una realidad futura que ocurrirá cuatro o cinco años después que el estudiante egrese. Bajo esta realidad esta columna busca reflexionar sobre algunos de los desafíos de la educación superior en Chile, ya que considero necesario revisar el momento que estamos viviendo y las transformaciones que comienzan a configurarse.
Los estudiantes universitarios actuales, en su gran mayoría, son la primera generación de sus familias en ingresar a la universidad. Esto representa no solo un desafío personal, sino también familiar. Por ejemplo, ¿cómo puede un o una joven universitario/a compartir sus experiencias, aprendizajes o anécdotas de la vida universitaria con sus padres cuando ellos se sienten muy alejados de ese mundo?
A esto se suma la realidad de muchos estudiantes que desarrollan su vida académica en hogares que no cuentan con las condiciones adecuadas para estudiar: espacios insuficientes, falta de ambientes propicios para la concentración o dificultades para realizar las tareas requeridas. Esta situación puede generar frustración y provocar que la vida universitaria se transforme en un espacio central de desarrollo personal y académico, desplazando incluso parte de la vida familiar. Por ello, las universidades deben preocuparse de entregar y proteger estos espacios de formación integral.
Información publicada en la prensa muestra que la proporción de la fuerza laboral con educación superior completa pasó de 21,9% en el trimestre septiembre-noviembre de 2010 a 41,6% en el mismo periodo de 2025. Esto refleja el crecimiento de una generación de personas que son las primeras de sus familias en acceder tanto a la educación superior como a espacios laborales asociados a esta formación.
Otro elemento relevante son las expectativas de remuneración y empleabilidad futuras, un tema recurrente entre los estudiantes universitarios. Muchos ingresan a la educación superior buscando mejorar sus oportunidades laborales y alcanzar una mayor estabilidad económica.
Al revisar datos históricos, encontramos información de la OCDE (Indicadores OCDE: Radiografía a la educación en Chile, 2019), donde se señalaba que el 84% de los adultos con educación terciaria tenía empleo, mientras que esta cifra alcanzaba el 72% en quienes contaban solo con educación secundaria. Algo similar ocurría con los ingresos: las personas con estudios terciarios presentaban salarios superiores entre 94% y 179%, según rangos etarios, respecto de quienes solo tenían educación secundaria. Sin embargo, esta realidad puede estar cambiando. Por ejemplo, datos del Observatorio de Contexto Económico de la Universidad Diego Portales (OCEC-UDP), publicados en la prensa en enero de 2026, muestran que el desempleo en personas con educación terciaria aumentó desde 6,9% a 7,5% durante el trimestre septiembre-noviembre de 2025, tendencia que también se ha observado durante los primeros meses de 2026.
Este escenario nos lleva a preguntarnos por el rol de la educación superior dentro de la estrategia de crecimiento del país y por la necesidad de políticas públicas que acompañen esta transformación. También debemos considerar los desafíos que emergen desde distintos ámbitos: la irrupción de la inteligencia artificial (IA), la creciente necesidad de interacción entre disciplinas y la comprensión de que el futuro requerirá personas capaces de aprender y perfeccionarse constantemente.
Estos son algunos de los desafíos que enfrentan hoy las universidades y que me gustaría profundizar en las próximas columnas.