Los niños que se quieren perder

Durante las últimas semanas, el país conoció casos de niños haitianos supuestamente desaparecidos que, tras una revisión a los antecedentes, terminaron correspondiendo a errores administrativos o de registro, al menos para la muestra analizada. Esa aclaración fue importante, pero también corre el riesgo de hacernos perder de vista una realidad mucho más grave: hace años existen cientos de niños, niñas y adolescentes bajo protección del Estado que sí están desaparecidos y que cuentan con órdenes judiciales de búsqueda, porque abandonaron las residencias donde vivían y no han regresado, quedando literalmente en la calle y a merced de quienes quieran aprovecharse de ellos.

No estamos hablando de un problema estadístico ni burocrático. Son niños cuyo paradero es desconocido, mientras el Estado mantiene vigente una orden de búsqueda emanada por los Tribunales de Familia.

Los datos oficiales del Servicio Nacional de Protección Especializada son claros. Entre abril y junio de 2025, de los 4.844 niños y adolescentes que vivían en residencias, 385 tuvieron órdenes de búsqueda vigentes. Para ellos se emitieron 742 órdenes de búsqueda en apenas tres meses.

Es cierto que el 77,4% logró reingresar al sistema. Sin embargo, detrás de esa cifra existe una realidad inquietante: 30 niños permanecieron desaparecidos entre uno y dos meses antes de regresar y 88 no habían vuelto al cierre del trimestre. Más grave aún, 22 de ellos llevaban al menos tres meses completos con paradero desconocido.

Ahora bien, la pregunta más importante no es por qué cuesta encontrarlos. La verdadera pregunta es por qué se van.

La respuesta aparece en el mismo informe: el 65,1% de quienes regresaron volvió a escapar durante el mismo trimestre. Ese dato demuestra que el problema no se resuelve cuando un niño vuelve a una residencia. Si el lugar al que retorna sigue siendo incapaz de ofrecer vínculos afectivos estables, seguridad y sentido de pertenencia, la fuga deja de ser un hecho excepcional para transformarse en una respuesta predecible.

La política pública ha concentrado buena parte de sus esfuerzos en mejorar los mecanismos de búsqueda. Sin embargo, ninguna innovación resolverá el problema de fondo mientras el principal modelo de cuidado continúe siendo uno del que muchos niños quieren escapar.

Los casos más complejos requieren una alternativa distinta. Niños que han vivido historias de violencia, abandono y múltiples rupturas familiares necesitan vivir en entornos que reproduzcan la experiencia de una familia, no de una institución. Las familias de acogida profesionales, apoyadas por equipos especializados y dedicadas exclusivamente a este cuidado, ofrecen justamente esa posibilidad: combinar el afecto cotidiano con una intervención técnica intensiva.

Si un niño escapa una vez, debemos buscarlo. Si escapa dos veces, debemos preguntarnos qué está fallando. Pero cuando miles de fugas se repiten año tras año, la responsabilidad deja de estar en los niños y pasa a estar en el sistema que insiste en ofrecerles un lugar donde ellos no quieren permanecer. Los niños que se quieren perder.