Mientras este fin de semana los titulares que concentraron las noticias mostraban calles inundadas, árboles caídos, extensos cortes de suministro eléctrico y comunidades afectadas por uno de los sistemas frontales más intensos de los últimos años, otra historia se escribía silenciosamente al interior de la red de salud.
No apareció en las portadas ni abrió los noticieros. Sin embargo, si esa historia hubiera sido noticia, los titulares se habrían leído más o menos así: una enfermera reorganizó un turno porque parte del equipo no logró llegar. Un encargado verificó el funcionamiento de los generadores eléctricos. Un conductor buscó una ruta alternativa para trasladar a un paciente crítico. Equipos completos se coordinaron para mantener prestaciones esenciales pese a las dificultades.
Esas escenas probablemente nunca ocuparán un titular. Sin embargo, son las que explican por qué un sistema de salud puede seguir funcionando, cuando todo a su alrededor parece detenerse. Esa capacidad de anticiparse, adaptarse y mantener la continuidad de la atención es lo que hoy entendemos por resiliencia.
Las lluvias continuaron el lunes y la emergencia sigue poniendo a prueba a distintas zonas del país. Hasta ahora, el balance deja personas fallecidas, miles de damnificados y comunidades aisladas. En medio de ese escenario, la red asistencial logró mantenerse operativa gracias a la activación anticipada de mecanismos de coordinación y monitoreo. Esa capacidad de prepararse antes de que la emergencia ocurra constituye uno de los pilares de un sistema de salud resiliente.
Sería un error, sin embargo, atribuir esa capacidad a una acción puntual o a una administración determinada. La resiliencia no se construye en unos días ni pertenece a un gobierno. Es el resultado de años de aprendizaje, inversión, entrenamiento, coordinación y mejora continua. Cada terremoto, incendio, inundación o pandemia deja lecciones que, cuando logran incorporarse a la gestión, fortalecen la respuesta frente a la siguiente emergencia.
Hoy sabemos que el desafío ya no consiste únicamente en construir hospitales más resistentes. Un hospital es solo una pieza de una red mucho más amplia. La continuidad del cuidado depende también de la atención primaria, del transporte, de las telecomunicaciones, del abastecimiento de medicamentos, de los sistemas de información y de la coordinación entre múltiples instituciones.
Cuando una de esas piezas falla, las demás deben adaptarse para que las personas sigan recibiendo atención. Ese es, precisamente, el verdadero significado de la resiliencia. No consiste en evitar las crisis, sino en anticiparlas, responder a sus efectos, recuperarse y aprender para enfrentar mejor la siguiente.
Es muy probable que durante este sistema frontal hayan existido cambios de turnos, problemas logísticos, reprogramaciones y múltiples decisiones tomadas sobre la marcha. En organizaciones tan complejas como los sistemas de salud, esas adaptaciones son inevitables. La diferencia es que muchas de ellas se logren resolver sin interrumpir significativamente la atención de quienes más lo necesitan.
Cada emergencia deja problemas, pero también deja aprendizajes. La diferencia entre un sistema vulnerable y uno resiliente no está en la cantidad de dificultades que enfrenta, sino en su capacidad para transformar la experiencia en mejores prácticas antes de que llegue la siguiente crisis.
Este cambio de paradigma también interpela al control de gestión. Durante décadas hemos evaluado el desempeño de los sistemas de salud mediante indicadores de resultado, como listas de espera, ocupación de camas o ejecución presupuestaria. Todos seguirán siendo indispensables. Sin embargo, el contexto actual nos obliga a incorporar nuevas dimensiones, tales como medir también la capacidad del sistema para anticiparse, adaptarse, recuperarse y aprender. La resiliencia probablemente será uno de los principales indicadores de desempeño de los sistemas de salud del futuro.
Quizás el aprendizaje más importante de este temporal es que la fortaleza de un sistema de salud no se mide únicamente por lo que ocurre en tiempos normales. También, se revela en su capacidad para seguir respondiendo, cuando las condiciones dejan de ser normales. Los sistemas de salud no demuestran su fortaleza cuando todo funciona bien.