China y los derechos humanos, una lección para Insulza

José Miguel Insulza respondió al emplazamiento del diputado Gabriel Boric en el programa Marca Registrada del pasado viernes 17 de agosto, señalando que China no puede “meterse en el mismo saco” con Venezuela, Cuba y Nicaragua. La periodista Ximena Rincón interpeló al longevo político del Partido Socialista sobre la relevancia de los derechos humanos, en cuanto éste justificaba su lenidad frente a China en cifras de intercambio comercial.

Las declaraciones de Insulza no solo pecan de un espantoso relativismo moral, sino también de la lamentable falta de responsabilidad y soberanía que caracterizan a la agenda internacional de este país.

Sus dichos no pueden ser más oportunos para una lección sobre derechos humanos. Hace dos semanas se llevó a cabo una sesión especial en las Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en China.

En la ocasión, que se realiza cada cuatro años, se reunió un panel de expertos analistas, académicos y diplomáticos quienes dedicaron gran parte de la discusión a las acusaciones de detención masiva y arbitraria de ciudadanos chinos de las etnias uigur y kazaja en la Región Autónoma Uigur de Xinjiang. Según varias fuentes confiables, se estima que más de 1 millón de personas están retenidas en centros de reeducación donde son sometidos a trabajos forzados y lecciones en amor a la patria y al partido. El gobierno chino señala que dichos centros buscan prevenir la creciente radicalización religiosa de estas etnias, tradicionalmente musulmanas.

Si bien es cierto que el conflicto inter étnico en Xinjiang ha empeorado gravemente en la última década, la respuesta del gobierno chino se ha manifestado de forma más extensiva, combinando campos de trabajo forzado, la constitución de un registro de identidad (incluyendo foto, huellas dactilares y ADN) de la totalidad de la población uigur y la constitución de un estado de seguridad en Xinjiang, donde las últimas tecnologías de control biopolítico son puestas a prueba.

Si bien los aparatos de represión son nuevos, la fórmula para asegurar la lealtad de los locales es bastante simple: Hanificación.

En otras palabras, el gobierno chino busca incentivar la rectitud (para usar un concepto de la tradición filosófica china) mediante la asimilación cultural de la etnia mayoritaria y gobernante: los han.

Para esto se han dispuesto diversas campañas que afectan a la población uigur, como la prohibición de barbas en adultos, exceptuando a la tercera edad, la invitación voluntaria de servidores públicos a casas uigur para celebrar festividades han, restricciones contra el ayuno durante Ramadán, el acceso de niños a las mezquitas, el cierre de madrasas, la requisición de pasaportes, entre otras medidas.

La doctora Rachel Harris, una prominente experta en etno musicología uigur de la Universidad de Londres, ha declarado recientemente que “los relatos sobre el régimen de reeducación que las personas están sufriendo en los campos son horripilantes”[1].

Gay McDougall, vicepresidenta Comité de las Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación Racial, señaló que la región de Xinjiang se está convirtiendo en “algo parecido a un campo de internación masivo”[2].

A contraparte, Hu Lianhe, el delegado enviado por el Partido Comunista de China al panel en las Naciones Unidas, argumentó que las autoridades han reprimido actividades terroristas violentas y fortalecido la seguridad y la administración de la sociedad, y que solo a criminales se les dio asistencia y educación para ayudarles en su rehabilitación[3].

De forma más altisonante, el patriótico diario Global Times publicó una editorial afirmando que “paz y estabilidad deben estar por sobre todas las cosas”, y que “con esto como objetivo, todas las medidas posibles son válidas”[4].

Los uigures son un pueblo túrquico que en su mayoría reside en la Región Autónoma Uigur de Xinjiang. Su apariencia física, lengua y sus tradiciones son más cercanas a las del Asia Central, kazajos, uzbekos, turcos, etcétera, que a las del resto de China.

Entre sus aspectos más notables se encuentra el profesar la religión musulmana de vertiente sunita, con una gran tradición de misticismo sufista. Junto con los tibetanos, los uigures han sido considerados particularmente contenciosos debido a los continuos incidentes en la región, en crecida junto con la liberalización económica de los años 80.

La situación política cambió gravemente después de la integración de China en la política de “guerra contra el terrorismo” promulgada por George W. Bush después del atentado a las Torres Gemelas. En 2009, una ola de violencia étnica en Urumchi, la capital de Xinjiang, motivó el bloqueo total de la región durante casi un año. Después de esto, dos hechos graves protagonizados por uigures han acontecido fuera de la provincia: el ataque con un auto particular frente al retrato de Mao en la icónica Plaza de Tiananmen en Beijing en 2013 y los ataques con cuchillos en la estación central de ferrocarriles de Kunming en 2014.

Insistir en la radicalización islámica de los uigures como argumento central es engañoso. El antropólogo de la Universidad de Indiana, Gardner Bovingdon señala que como consecuencia de la política de reforma y apertura que permitió el acelerado crecimiento económico de China, los uigures han quedado relegados a un segundo plano en la administración de su región autónoma.

Una masiva migración de chinos han hegemonizó las actividades más rentables en las ciudades, limitando las posibilidades de las grandes masas de uigures agricultores y pastoralistas.

La doctora Arienne Dwyer, de la Universidad de Kansas, añade que las políticas de promoción lingüística nativa implementadas durante el periodo maoísta permitieron la continuidad del idioma uigur junto a su escritura arabesca; habilidad que no representó ventaja comparativa alguna en el ambiente económico reformista, donde el chino mandarín opera como lengua franca.

La preocupación de muchos académicos y políticos alrededor del mundo sobre la situación en Xinjiang es justificada.

Por lo bajo, la reacción del gobierno parece excesiva, internando no solo a personas sospechosas de mantener conexiones con grupos terroristas como el Movimiento Islámico del Turquestán Oriental, Al-Qaeda o Daesh, sino que también a estudiantes retornados y académicos e investigadores que han colaborado con colegas extranjeros.

La destacada antropóloga uigur y profesora en la Universidad de Xinjiang Rahile Dawut se encuentra entre el grupo de académicos desaparecidos. Su investigación sobre las tradiciones étnicas de los uigures ha ayudado a visibilizar la compleja espiritualidad de este pueblo.

Su trabajo ha sido celebrado tanto dentro como fuera de China, siendo considerado como central para la conservación del folklor de esta etnia pos Revolución Cultural.

El desconocimiento del paradero de la doctora Rahile Dawut ha generado una conmoción tal, que tanto colegas extranjeros como estudiantes locales han comenzado a alzar la voz en su defensa.

En un perfil publicado por el New York Times el pasado 10 de agosto se señala que “familiares y amigos de la profesora Dawut han decidido hablar ahora, a 8 meses de su desaparición, porque se ha vuelto evidente que quedarse en silencio no traerá su liberación de un campo de reeducación, centro de detención o quizás de una prisión”[5]. Lo último que se necesita en estas situaciones es silencio.

En consecuencia, el señor Insulza está en lo correcto al señalar que no es posible poner en el mismo saco a Nicaragua, Venezuela y Cuba con China. Pero no por las razones que él elucubra, sino porque el desarrollo de las tecnologías de represión en China ha alcanzado un nivel jamás visto.

La testarudez de Insulza en responder a la pregunta de Rincón (“¿no le parecen a usted más importante los derechos humanos de los chinos?”) demuestra la pobreza exacerbada alienación de nuestra filosofía económica. Para un histórico miembro del Partido Socialista de Chile, resulta profundamente calamitoso desconocer las relaciones sociales y los procesos humanos detrás de la producción económica.

El punto no es si Chile asumirá como política diplomática la recriminación irrestricta de las violaciones a los derechos humanos, al final es cierto que resultaría inteligente evitar la intimidación económica que China pudiera desplegar. Pero al menos debemos ser honestos con nuestra propia sociedad y tener la convicción de que la tragedia humana, donde sea y en manos de quién sea, es intolerable. Como principio.

[1] https://www.nytimes.com/2018/08/10/world/asia/china-xinjiang-rahile-dawut.html

[2] https://www.nytimes.com/2018/08/13/world/asia/china-xinjiang-un.html

[3] https://www.nytimes.com/2018/08/13/world/asia/china-xinjiang-un.html

[4] http://www.globaltimes.cn/content/1115022.shtml

[5] https://www.nytimes.com/2018/08/10/world/asia/china-xinjiang-rahile-dawut.html

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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