Europa parece haberse convertido en la sepulturera de la civilización que engendró. Desde la Revolución Francesa, la concepción cristiana del orden político fue cediendo terreno ante un humanismo secular que, tras las guerras mundiales y la consolidación de las democracias liberales, terminó imponiéndose como horizonte cultural dominante.
La integración europea profundizó este proceso. Ante la pretensión de estabilidad y cooperación, favoreció una progresiva transferencia de soberanía hacia instituciones tecnocráticas alejadas del control ciudadano. Bajo el lenguaje de la modernización, Europa occidental ha debilitado sus identidades nacionales, relativizado su herencia cristiana y subordinado decisiones políticas fundamentales a intereses económicos y financieros transnacionales.
La secularización educativa, la crisis de la familia, el declive demográfico y unas políticas migratorias carentes de integración efectiva han contribuido a esa pérdida de continuidad histórica. El problema no reside en atribuir culpas colectivas a los inmigrantes ni en convertir diferencias religiosas o étnicas en amenazas intrínsecas, sino en el deterioro espiritual de Europa y con ello en la incapacidad de sus Estados para definir qué valores desean preservar, exigir su respeto y transmitirlos a las nuevas generaciones.
En este contexto, la violencia callejera y la radicalización política constituyen síntomas, no causas. Tanto ciertos movimientos de extrema izquierda como las reacciones étnicas más exacerbadas pueden ser instrumentalizados por élites del capitalismo global interesadas en administrar el conflicto antes que en resolverlo. Una sociedad fragmentada, desarraigada y enfrentada consigo misma resulta más fácil de gobernar desde estructuras distantes.
A ello se suma el deterioro de las relaciones con Rusia. Una escalada sostenida podría transformar nuevamente a Europa en escenario de una confrontación devastadora, mientras otros centros de poder obtienen ventajas estratégicas. El continente corre así el riesgo de sacrificar su seguridad siguiendo agendas que no siempre coinciden con los intereses de sus propios pueblos.
La amenaza principal proviene de la renuncia europea a reconocerse y proyectarse como civilización. Si Europa abandona su memoria, su soberanía y su voluntad de continuidad, no necesitará enemigos que la destruyan: habrá preparado por sí misma su sepultura.