El histórico juicio que se llevó en Estados Unidos contra Meta terminó en agosto pasado con un acuerdo extrajudicial millonario y sin admisión de culpabilidad. El cargo era "la violación de las leyes estatales de protección al consumidor y de la ley federal de privacidad infantil", que, en concreto, acusaba a Meta de engaño y diseño adictivo deliberado, alegando que la empresa creó funciones en Instagram y Facebook para atrapar a los menores de edad sabiendo el daño psicológico que causaba, mientras la empresa garantizaba que sus plataformas eran seguras.
Meta aceptó pagar cerca de 18.000 millones de dólares a lo largo de 10 años para financiar programas de salud mental y protección juvenil, y además, accedió a algo que toca el corazón de sus plataformas: ocultar los contadores de "Me gusta" (likes), prohibir filtros de cámara estéticos y habilitar la opción de desactivar el "scroll infinito", junto con la obligación de implementar sistemas de certificación de edad estrictos y auditados externamente.
Y a los adultos. ¿Quién podrá defendernos? Simplemente, seguiremos siendo conejos a quienes se les amarra una zanahoria en frente, saltando eternamente sin poder alcanzarla.
Diecisiete años han pasado desde que comenzamos a activar ficticiamente nuestro sistema nervioso simpático con una cadena simple y brutal: publicamos, nuestro cerebro entra en un estado de anticipación por la expectativa de ver cuál será la reacción de los seguidores, se eleva la hormona del estrés, el cortisol, y se nos dispara la ansiedad por tener likes. Si éstos llegan, liberamos dopamina, el neurotransmisor del placer ligado a la recompensa, y como no sabemos cuántos likes más van a llegar, la incertidumbre estimula más liberación de dopamina, haciendo que revisemos constantemente el teléfono, buscando así la zanahoria que nunca llega.
Dos generaciones han crecido bajo la lógica de la aprobación digital, las generaciones Z y Alfa, y cabe preguntarnos si esta sociedad habría sido menos hedonista y autocomplaciente sin haber gozado y padecido la marca del like en su biografía.
Probablemente no, porque esas fuerzas ya venían creciendo gracias al capitalismo, cuya esencia de acumulación y competitividad venía colonizando el comportamiento humano creando una sociedad de consumo ávida de mostrar quién se es en base a logros materiales. El like, como la nueva moneda de cambio y símbolo de estatus, sólo reforzó el destino que la humanidad había decidido.
La gran prueba de los que vivimos la vida antes y después de la era del like, y de los que cumplan los 18 y se les abran las puertas del paraíso de la competitividad digital, será darle poder a lo único que puede hacer el contrapeso de la vida en estado de alerta: el sistema nervioso parasimpático, cuya función es devolver a nuestro cuerpo el estado de calma, conservar nuestra energía y regular las funciones internas necesarias para la supervivencia a largo plazo.
Él no representa al conejo comiendo la zanahoria, sino al conejo ya satisfecho. Técnicas hay varias para favorecer este sistema, como ciertos alimentos ricos en vitamina B6, L-teanina, magnesio, el ejercicio, la meditación o ciertos protocolos de respiración, pero hay algo mucho más poderoso que, si se aplica, no sólo nos saca del circuito dopaminérgico de las redes sociales, sino que además es la llave para conectar con nuestro verdadero poder personal.
Humberto Maturana, célebre biólogo y filósofo chileno, estableció la importancia de lo que él llamaba el "lenguajear" como el principal acto colaborativo que los sistemas vivos podían practicar al momento de comunicarse para potenciar sus relaciones de modo virtuoso.
Si el lenguaje entre dos elementos es armónico, se genera lo que él denominó un "acoplamiento estructural", es decir, un ajuste preciso como una llave con una cerradura, o en términos de redes sociales, el "match" perfecto.
Todo el drama que vivimos al momento de publicar en redes sociales no es más que nuestra sumisión ante el ego que sólo actúa en reacción al estímulo de la red social, pero, si aplicamos este acto de "lenguajearnos" a nosotros mismos con empatía, paciencia, compasión y amor, sin juzgarnos ni sobreexigirnos, podemos activar nuestro sistema nervioso parasimpático y enviarnos mensajes de calma y estado de presencia, desactivando el sistema nervioso simpático para que él sólo actúe cuando verdaderamente le corresponda.
Es el acto de "lenguajearnos" con amor el que nos permitirá acoplarnos estructuralmente con nuestro verdadero poder personal y dejar de correr por la zanahoria, que en realidad, nunca existirá. A seguir saltando, pero como conejitos felices de pascua.