Tres días sin Fidel

Desde hace tres días hay una sociedad en el mundo, una nación, un Estado, una república, que ha entrado repentinamente en una fase inédita, extraña, que era inevitable pero que es, no se sabe bien, algo insólito, anunciado pero inesperado, algo así como el limbo.

Sus habitantes no han hecho nada para que esa nueva situación se produzca. Ha sido la naturaleza, más allá de la voluntad de ellos. Como un ciclón sin posterior reconstrucción. Como una lluvia gruesa que no parará y que tal vez se seque.

Después de casi un siglo Fidel Castro no está. Y, por su propia voluntad, como siempre, hace un día ha sido reducido a cenizas y está en un pequeño cofre; será sepultado, es un decir, en un pequeño cementerio de Oriente, el de Santa Ifigenia, que conoció desde niño y admiró después, donde también están sepultados José Martí, Carlos Manuel de Céspedes, “el Padre de la Patria”, y Mariana Grajales, la madre de los hermanos Maceo, heroína y héroes todos de la lucha contra España. No tendrá urna de muerto ni mausoleo. Por su propia voluntad.

Fidel desaparece de la dirección del partido, del gobierno, de las FFAA, de la sociedad, del Estado, de los estadios de béisbol, de la colina en La Habana y el Palacio de la Revolución, de la colina en que está la Universidad y la gran escalinata, de la Plaza de la Revolución, del malecón, de todos los pueblos y ciudades de Cuba, de las tribunas de la ONU y los No Alineados, del Vedado, Centro Habana, Playa y la Habana Vieja, de todos los medios de comunicación, de todas las plazas, los teatros, las calles, las playas, los cayos, las sierras donde transitó y peleó, los mítines de pocas personas o un millón, donde participó los últimos 20 mil días y las últimas 20 mil noches. Con el cuaderno, la bandera o la metralla, con la oliva o el fusil, con la paz o la guerra, como han dicho venir otros salvadores del mundo.

Los y las jóvenes recordarán al viejo Fidel, de rostro quijotesco, barba rala, cabeza mal afirmada en el delgado cuello, espalda gibada, anteojos permanentes, voz a ratos difícil de entender, estatura pequeña por la enfermedad y la cirugía y los pesados años. Los niños y las niñas, al símbolo de la bondad y de la honradez, que han aprendido como pioneros.

La gente de edad, al Fidel joven y al Fidel maduro, maestro altanero y apuesto, de dos metros, enamorado de la vida, preocupado de todos los grandes problemas humanos y todos los pequeños detalles de la vida social, maestro de historia, sociología, biología, medicina, geografía y artes de verdad marciales y militares, eternamente uniformado con cotona gruesa y calzado con botas negras de caña y de buen taco, en un país que llega fácilmente a los 35 o 40 grados y donde el suelo y la arena queman, dando sus inmensas zancadas y, la mayor parte de su vida, fumando los mejores tabacos del planeta.

Sus actividades deportivas en el béisbol y el básquetbol. Su oratoria extensa, inimitable e irrepetible; lenta y española, como la de los maestros de las academias gallegas y castellanas, o rápida y punzante como él sabía hacerlo. El de las manos delgadas y el índice acusador.

Para todas las generaciones de las últimas seis décadas el que recién ha desaparecido fue el que se tomó el poder poniendo sus huevos y su inteligencia por delante, el que derrotó la invasión apoyada por Kennedy, el ministro de todos los ministerios, el que ordenó qué hacer en todas las batallas, el que ordenó los tipos de leche, los de helados, los de quesos que comer, con poder omnímodo, el que quiso que fuesen cuidados todos desde el vientre de la madre, el que implantó la niñez con su litro de leche y biberón, la dieta diaria para los viejos, el cupo obligatorio en la libreta, la sala cuna, la escuela en la ciudad o en el campo, el bus que los lleva y trae, los trajes que se debían poner como pioneros, los cuadernos y libros que debían estudiar, los trabajos voluntarios que debían realizar, las colas seguras e indispensables que debían guardar con su jabita y su sombrerito o su pañuelo, su libreta y su tabaco, los cines casi gratuitos, los estadios totalmente gratuitos, el Parque Lenin, el zoológico, el acuario, las casas para todos, con dormitorios con y sin barbacoa, las guaguas insuficientes, las grandes escuelas en el campo, las zafras, las gimnasias continuas para la defensa, el servicio militar y la guerra, la organización de los CDR que creó, la Federación de Mujeres que creó, el partido que creó, las FFAA que creó, la Seguridad del Estado que creó, el deporte que desarrolló hasta Stevenson, Juantorena y Sotomayor, y el que fomentó el ballet de Alicia Alonso y la música de Silvio, Pablito, Amaur y y los Irakere.

El del avance en la medicina. El del cuadro en la pieza de la abuela al lado del Corazón de Jesús...el de la potencia sin potencia que hizo temblar el planeta...las guerras en Etiopía, Somalía y Angola, con 40 mil soldados cubanos...el triunfo sobre el Apartheid, el apoyo a la guerrilla, los médicos internacionalistas y los latinoamericanos exiliados y asilados.

Ése ha partido para siempre.

Él nos ordenó la vida durante seis décadas. Nadie hizo eso en nuestra historia ni en la historia, que se sepa.

No cambió del todo África pero golpeó y aminoró allí al racismo.

No cambió a América Latina pero obligó a los poderosos a abrirse a reformas estructurales, desde los sesenta, para imposibilitar que hubiera “otra Cuba”, y a establecer dictaduras para impedir finalmente lo mismo.

Nunca el mundo conoció a otro gigante como él, que remeciera sus cimientos, proviniendo, como provenía, de un país y una sociedad marginales, pequeños y pobres.

No era el Alejandro de los griegos, el César de los romanos, el Mahoma de los árabes, el Stalin de los rusos, el Hitler de los alemanes, el Truman o el Eisenhower de los gringos.

¿Cómo vamos a caminar ahora? ¿Cómo vamos a vivir en este limbo?

Ya lo veremos.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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