Tres crisis enlazadas

La crisis climática, la pérdida de biodiversidad y la modificación radical de los ciclos del nitrógeno y el fósforo son tres de los nueve límites planetarios que define el Centro de Resiliencia de Estocolmo y que representan problemas críticos para la estabilidad del planeta y para la satisfacción de necesidades básicas de las generaciones futuras.

Para hacer frente a la crisis climática, la ciencia ha hecho su parte, buscando descifrar proyecciones y modelando las consecuencias de no-hacer, de hacer-poco o de realizar grandes transformaciones. En esa línea, previo a la pandemia y como antesala al estallido social del 18 de octubre de 2019, los viernes fueron tomados por la ciudadanía para clamar por el futuro y una acción climática decidida. Acciones que se volvieron a retomar en distintas ciudades del país el viernes 24 de septiembre y que dan cuenta de cómo la ciudadanía, sobre todo los más jóvenes, ven cada vez con mayor preocupación cómo la crisis climática avanza, afectando la vida en el planeta.

A pesar de que han surgido acciones por parte de los Estados comprometidos a revertir esta tendencia, muchas de las soluciones se enfocan en confiar en el desarrollo tecnológico, con insistencia en ideas que apuntan a un cambio en los consumos y prácticas individuales de quienes vivimos en ciudades: El tránsito a la electromovilidad, particularmente de vehículos particulares, y la instalación de paneles solares en viviendas. Sin embargo, esto no es suficiente, sino que rozan en lo simbólico e incluso en lo distractivo. Y aunque pretenden disminuir las emisiones de carbono, son prácticas individuales de bajo impacto sistémico.

Otra idea, aplicable en el ámbito que trasciende a la ciudad misma, es la plantación rápida de más árboles en vastas zonas. Si bien esta no es una acción individualista, resulta contradictorio que los recursos estatales para combatir la crisis climática sean para incentivar a las industrias y un modelo de negocio, cuando cuatro de cada cinco árboles responden a monocultivos.

Sin duda, estas medidas se toman la agenda, con presiones externas, entregando tranquilidad personal, pero que no abordan el problema de manera integral.

Pero tal como anunciaba en un inicio, la crisis climática no es la única de las crisis que hoy ponen en riesgo las fronteras planetarias: la pérdida de biodiversidad y la modificación radical de los ciclos del nitrógeno y el fósforo también son preocupantes.

Tal anuncia en la Lista Roja de Especies Amenazadas de UICN de este 2021, más de 38.500 especies del planeta están amenazadas y podrían llegar desaparecer, y los dos principales factores que amenazan su supervivencia son la degradación o la pérdida de su hábitat (que representan un 31% de los casos) y el mismísimo cambio climático (con el 10% de los casos).

En conexión, la modificación radical de los ciclos de nitrógeno y fósforo, afectados por procesos similares, amenazan la permanencia y potencial de reproducción de los organismos y la condición sana de los ecosistemas.

Curiosamente, la biodiversidad y el resguardo de los ecosistemas sanos son pilares fundamentales para enfrentar la crisis climática: permiten disminuir las emisiones de carbono y capturarlo. Entonces... sorpresa! Si combatimos el cambio climático de forma coordinada con la lucha contra la pérdida de la biodiversidad no solo mitigamos dos de las tres peores crisis de nuestros tiempos, sino también la tercera y más ignorada, asociada a los ciclos del nitrógeno y el fósforo a nivel planetario.

Más biodiversidad en todas partes es el secreto a voces, restaurando amplios paisajes naturales y diversos, y también en la ciudad, con grandes parques arbolados de especies nativas, que no sólo capturen el carbono que produce la ciudad, sino que lo acumulen para las próximas generaciones.

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