Bachelet empieza a bajar el telón

Un video difundido por El Mostrador corrió el miércoles 30 de agosto a través de miles de celulares. Aparecía la Presidenta Bachelet en el momento de llegar a una ceremonia, saludaba a quienes la esperaban, pero se saltaba a Luis Céspedes, ministro de Economía todavía, a quien simplemente declaró invisible. Rodrigo Valdés, que estuvo 2 años a la cabeza de Hacienda, no pudo comunicarse durante varios días con la Presidenta, hasta que La Moneda programó la reunión del miércoles 30, en la que él le presentó su renuncia, y ella le pidió 24 horas para resolver el reemplazo. El jueves 31, finalmente, Valdés, Céspedes y el subsecretario Micco dejaron sus cargos.

La renuncia del equipo económico es un duro golpe a la autoridad de un gobierno que ya está muy deteriorado, y que se encamina hacia un final de tonos grises. Los ministros que partieron discrepaban de la conducción presidencial en el ámbito económico, y eso acentuará el ambiente de desconfianza que existe en el empresariado y en amplios sectores de la sociedad que lo único que desean es que este gobierno termine pronto.

No se trata solo del rechazo del proyecto Dominga por razones principalmente políticas, es impresionante el temor que han provocado las presiones de Girardi en este gobierno-, sino de las divergencias sobre el rumbo y las necesidades del país.

En primer lugar la urgencia de alentar el crecimiento económico, lo que supone incentivos para la inversión privada, sin lo cual, como dijo el ex Presidente Lagos, “lo demás es música”. Esa manera de ver las cosas simplemente no forma parte del mundo de referencias político-culturales de Bachelet respecto de lo que significa ser progresista en estos tiempos.

El jueves, quizás para justificar la partida del equipo económico, la Presidenta afirmó: “Yo no concibo el desarrollo a espaldas de las personas y donde solo importan los números y no cómo lo están pasando las personas en sus casas”. El problema es que los números a los que alude son vitales para que las personas vivan mejor. No da lo mismo que la economía crezca 1,5% que 5%; que la inflación sea de 3% o de 8%; o que el desempleo sea de 6% o de 10%. Los buenos números le permitieron a su gobierno financiar el Bono marzo y numerosos subsidios.

El Estado no recibe fondos de la Divina Providencia, sino de los impuestos que recauda, por lo que es esencial estimular la actividad económica. Y necesita entonces tener números azules para respaldar sus múltiples compromisos. Todo esto exige fijar prioridades y no malgastar los recursos públicos.

Su programa de gobierno y las instrucciones que ella le dio en marzo de 2014 a su primer ministro de Hacienda, Alberto Arenas, no consideraron que el crecimiento económico, y por lo tanto, la expansión de los negocios, el flujo de los capitales, el dinamismo del mercado, eran determinantes para el éxito de su gestión y el avance del país. La idea subyacente era que la economía tenía un piloto automático. Vino el engendro de la reforma tributaria y se demostró que no había piloto automático.

En rigor, era la incomprensión de lo decisivo que había sido el crecimiento para que Chile avanzara como lo hizo en las décadas anteriores. Gracias a que la economía creció, fue posible reducir la pobreza y reducir la desigualdad (sí, reducir la desigualdad, como lo explica el Informe del PNUD “Desiguales”, Uqbar Editores, 2017). Pero en este gobierno se olvidaron muchas de las cosas aprendidas en los años de la Concertación. Se extravió el horizonte, se confundieron las prioridades, se generó incertidumbre, se debilitó la solvencia fiscal e incluso se consiguió erosionar la clasificación internacional de riesgo.

¿El origen de todo esto? El proyecto refundacional de la Nueva Mayoría, que partió por desdeñar lo construido por los gobiernos de Aylwin, Frei, Lagos y la propia Bachelet, y perder de vista cómo se consiguió: gracias a una pujante economía de mercado y a un Estado comprometido con la inclusión social. O sea, la concepción de la alianza público-privada como instrumento de progreso.

La incorporación de Jorge Burgos y Rodrigo Valdés al gabinete en mayo de 2015, para reemplazar a Peñailillo y Arenas, pareció que constituía una opción estratégica de la Presidenta con vistas a enrielar su gestión por la vía del realismo y los grandes acuerdos. Pero todo fue confuso y saturado de marchas y contramarchas. Y como hablaban golpeado los sectores del oficialismo que exigían el cumplimento irrestricto del programa, la mandataria acuñó el lema “realismo sin renuncia”, que era algo así como ser flexibles tácticamente, pero no transar las metas finales, un estilo de porfía en realidad. Así, se redujo el espacio de las posibles rectificaciones.

Burgos, demasiado concertacionista para el gusto imperante en La Moneda, tuvo que renunciar en junio de 2016, y Valdés se mantuvo en Hacienda desempeñando el papel de arquero, como lo graficó Ascanio Cavallo, o sea, encargado de atajar todos los tiros que fuera posible, lo que implicó bregar por la disciplina fiscal (combatir el dispendio, en realidad) y tratar de ofrecer seguridades para la inversión, todo eso en medio del empeño de la Mandataria por cumplir absolutamente todas sus promesas.

Hasta que llegó el momento en que la permanencia de Valdés se hizo insostenible, y presentó la renuncia. Todo indica que la Presidenta necesitaba tener a un amigo de toda confianza en Hacienda, y ese es Eyzaguirre.

Qué lejana se ve la euforia de hace apenas 4 años, cuando algunos grupos oficialistas creían que con una Presidenta popular y con mayoría en el Congreso el camino estaba pavimentado para que avanzara la retroexcavadora. La sensación de hoy es de fin de una época.

¡Qué manera de despilfarrar en estos años el capital de responsabilidad política que acumuló la centroizquierda!

¡Qué manera de ejercer el poder con la soberbia de los elegidos! ¡Cuánta consigna inútil! Es como si en La Moneda se hubieran convencido de que no iba a llegar el día de rendir cuentas.

¿Y ahora, qué? Poco, por supuesto, muy poco. Administrar el poder mientras el país espera que lleguen los reemplazantes. Solo se puede desear que lo ocurrido sirva un poco para atemperar el entusiasmo legislativo, ordenar la casa, no gastar más de la cuenta, evitar los incendios, en fin, pensar en Chile. 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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