El camino de Allende

Un nuevo natalicio del Presidente Allende, este 26 de junio, convoca a replicar ataques de la derecha y/o afirmaciones peyorativas que distorsionan la historia de la izquierda en Chile, aquella que ganó las elecciones presidenciales de 1970 y que estuvo con Allende durante la “vía chilena”, que quiso abrir paso a un nuevo tipo de socialismo, en democracia, pluralismo y libertad.

Hay que poner las cosas en su lugar. La izquierda chilena posee un patrimonio histórico, que está bueno ya, se deje de ningunear.

En 1973, con los estragos del mercado negro y del desabastecimiento, generados no solo por errores en la política económica sino que también por los paros inacabables del sector patronal que con el boicot gringo se propusieron “hacer crujir” la economía nacional, como instruyó Nixon a la CIA en septiembre de 1970, aún así la izquierda obtuvo un respaldo electoral enorme, cercano al 45%, en marzo de 1973.

El liderazgo de Allende fue la unión de una izquierda pluralista, transformadora, diversa, de humanistas marxistas, cristianos y laicos racionalistas, con un genuino proyecto nacional. Fue la que organizó el movimiento obrero y conquistó en 1949, con otras fuerzas por supuesto, el voto en elecciones políticas para la mujer y leyes que pusieron fin al cohecho con la creación de la cédula única, así como, lograron derogar la “ley maldita”, que le exigió Truman a González Videla y que éste impuso en Chile, en 1948.

Asimismo, en los años 60, en conjunto con la Democracia Cristiana, creó las condiciones para la integración del campesinado y la concreción de la reforma agraria, dejando atrás la herencia medieval de latifundios improductivos, pero defendidos a muerte por la oligarquía en la que se incubó un odio revanchista que incitó a crueles crímenes después del golpe de Estado en 1973.

El gobierno de Aguirre Cerda apoyado por el Frente Popular, fue el que afianzó el derecho a la Educación pública y luego se conquistó la formación del sistema público de salud que la dictadura desplomó;  la izquierda impulsó la recuperación de las riquezas básicas y tuvo un rol decisivo en la nacionalización del cobre, incluida su votación en el Parlamento, en 1971.

Esa izquierda nacional y plural promovió la participación popular y los derechos sociales y económicos, desde la niñez hasta la vejez; por eso, una de sus medidas de mayor impacto fue el medio litro de leche para la infancia, que se cumplió sin interrupción a pesar del bloqueo de los Estados Unidos.

Hoy, cuando niños de corta edad han sufrido la inhumanidad de ser separados de sus padres al ingresar como “indocumentados” en ese país y más tarde encerrados en jaulas metálicas que sólo crean terror, hay que recordar este avance del gobierno popular con la dignidad de las familias y de la infancia, a fin de derrotar la desnutrición y la mortalidad infantil.

Su tarea la hizo por y para el pueblo, en los campos, caletas de pescadores, minas, poblaciones y fábricas, construyendo un movimiento sindical unitario, sin centrales ideológicas y creando redes sociales y medios de comunicación para romper el cerco informativo de los corporaciones económicas, de esa construcción histórica nació la “vía chilena”, desde el carácter y la idiosincrasia chilena, capaz de tener una propuesta original y superar el debate sobre copiar o adaptar un “modelo” ajeno, que de modo inevitable encasillan las circunstancias del país, en esquemas preconcebidos que desconocen la realidad nacional.

Entre otras innovaciones se propuso una “economía mixta”, con una estratégica área social, dirigida por el Estado, un ámbito privado propiamente tal y un sector de cooperación público-privada. Como líder del proceso, Allende remarcó la idea de las “tres áreas” para desmentir la estatización de la economía, aunque la derecha igual lo repitió hasta la majadería. La pos verdad ya existía.

Que hubo errores, claro que los hubo, en los años 60, posteriores a la revolución cubana, irrumpió la tesis de hacerlo todo de una vez, de radicalizarse e “iniciar la construcción del socialismo”, como si se tratara de un simple acto de voluntad, separado de la “constante evolución del devenir social”, según lo señaló con enorme visión histórica la Declaración de Principios del PS, de 1933.

A la izquierda llegaban nuevas vertientes que al descubrir las crueles injusticias del capitalismo querían suprimirlas todas de una vez, en forma simultánea, como si el sólo deseo bastara para eliminar obstáculos generados por siglos de dominación, desigualdad y opresión. Los recién llegados pensaban dictar cátedra y apenas asistían a las primeras clases.

Allende, en mensajes y discursos, insistió que el proceso revolucionario estaba unido a la transformación democrática de la institucionalidad, al fortalecimiento de las libertades políticas, los Derechos sociales y al ejercicio del pluralismo, factores que dependían de una mayoría nacional y popular capaz de impulsarlos por su madurez y conciencia, y no por la acción mesiánica o elitista de un grupo de vanguardia, por iluminado que éste fuera, pero no fue oído con el rigor y profundidad con que debió ser escuchado.

Allende fue coherente en los días más difíciles. Uno de ellos fue el 29 de junio de 1973, en la mañana una conjura castrense de ultraderecha del regimiento de blindados, atacó La Moneda con los tanques de esa unidad militar, fue el “tanquetazo”, detrás del cual estuvo el grupo extremista, Patria y Libertad, cuyos cabecillas huyeron pidiendo asilo en la embajada de Ecuador.

Esa noche, fracasado el intento golpista, una concentración de unas 200 mil personas en La Moneda gritaban, ¡A cerrar, a cerrar, el Congreso Naciona!, ubicando el complot en la irreductible oposición parlamentaria. Ante ello, Allende fue categórico,¡No! No voy a cerrar el Congreso! dijo tajante a la multitud, esa ruta conducía directamente al quiebre institucional que Allende trataba de evitar y que la derecha se afanaba en provocar cómo fuera, para generar el golpe de Estado y quedarse con el poder.

En Allende, ante la amenaza golpista, el objetivo principal era salvar la democracia para proteger las conquistas fundamentales del pueblo de Chile. La historia registra que no hubo la suficiente claridad, en las fuerzas de centro y de izquierda, para comprenderlo en toda su profundidad y consecuencias. A la postre, imperó el plan de la derecha, la instalación de una feroz dictadura.

Para mayor tragedia, en la Junta Militar se impuso el despiadado proyecto tecnocratico de los Chicago boys, que eliminó los ideales de justicia social y solidaridad existentes en pro de una “sociedad de mercado”, es decir, la opresión económica ahogando los valores libertarios y de justicia; la ideología del régimen inyectó el “como voy ahí”, el afán por el dinero y un crudo personalismo, que dio vida a un vulgar pragmatismo, que en la derecha, prevalece hasta hoy e incluso se alarga más allá de sus filas.

Allende previó la barbarie que se proyectaba para “extirpar de raíz” el país solidario y las conquistas del movimiento popular, por eso, en la hora final, el 11 de septiembre de 1973, desde La Moneda asediada por el cruento asalto del fascismo al poder, pidió al pueblo de Chile no dejarse “arrasar ni acribillar pero tampoco humillarse”, en su adiós indicaba un camino: no rendirse ni inmolarse, resistir, organizarse y hacer perdurar una memoria histórica que orientará las luchas futuras por la libertad de la patria.

La izquierda chilena, “desalojada” del poder mediante el uso brutal de la fuerza, debió resistir la opresión del fascismo neoliberal con un costo humano imposible de medir, para hacer posible que Chile retomara su autodeterminación como nación y se reinstalara la libertad y la democracia. Algo qué nunca la derecha podrá tener o decir.

De esa izquierda, herida pero resiliente, brotaron los luchadores que, en las horas duras, retomaron la brega por la democracia y los Derechos Humanos, pagando caro su voluntad libertaria, mientras había quienes “miraban p’al techo” o atesoraban el dinero que ganaban bajo la dictadura, cuando el régimen privatizaba a bajo precio la propiedad que hasta entonces era pública. 

Al iniciarse la transición a la democracia el patrimonio cultural y social de la izquierda fue decisivo para que en la Concertación participaran vertientes que recogían esa historia y la representaron en la coalición de gobierno que reemplazó a la dictadura. Así fue que socialistas, PPDs, radicales y expresiones del PC y del MIR, integradas a ellos, tuvieron un espacio político e institucional para contribuir a reconstruir la democracia y derrotar la exclusión que se les había preparado durante años.

Ello respondió a la historia democrática del socialismo y de las vertientes humanistas, tanto marxistas como cristianas y laico racionalistas de la izquierda y del centro político que forjaron una cultura nacional, de potentes expresiones que fueron derrotando al conservadurismo autoritario para aportar de modo decisivo a la campaña del NO. En el penal de Capuchinos, el abrazo de Patricio Aylwin y Clodomiro Almeyda, abrió un ciclo de acuerdo político entre la izquierda y el centro que fue decisivo por su importancia.

El desconocimiento del legado histórico que posee la izquierda chilena ha coadyuvado a ideas refundacionales que no ven o ignoran la historia precedente. Es muy difícil que las nuevas generaciones hagan suyo ese valioso patrimonio, cuando se niega o se deforma sistemáticamente el aporte de la izquierda chilena, que está en el centro del progreso de Chile, a lo largo de nuestra historia.

La derecha quiere ignorar esa realidad y forzar que las decisiones se tomen fuera del Parlamento. No hay que dar en el gusto al exhibicionismo mediático del piñerismo.

La oposición en democracia no es un apéndice funcional al gobierno de turno. Por eso, hay que saber cual ha sido el camino que se transitado y saber cautelar y proyectar un patrimonio histórico invaluable, que se debe saber representar como corresponde, con amplitud, sin la estrechez del sectarismo pero con legítimo orgullo.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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