La decencia

Son malos tiempos para las instituciones de nuestro país, para su prestigio y credibilidad ante la percepción ciudadana, qué duda cabe. Desde los partidos políticos hasta la Iglesia, pasando por el gobierno, el parlamento, las fuerzas armadas y de seguridad, la contraloría, el poder judicial y suma y sigue.

Tenemos como ciudadanos la percepción del más completo abandono. Nos sentimos estafados, engañados, desolados. Ríos de tinta han corrido al respecto de esa continua desazón. Una bibliografía fértil intenta explicar y dar respuestas a ese fenómeno no solo en nuestro país, sino alrededor del mundo, en todos los idiomas y bajo todos los puntos de vista.

Vivimos en una contingencia plagada de extremos, de acusaciones cruzadas de populismos, del renacimiento del peligroso fascismo maquillado de pintoresca farándula política, de la relativización social y cultural de la moral que en tiempos pasados no vacilaba en condenar los peores crímenes cometidos contra nuestros propios conciudadanos, del robo y la estafa percibida a ratos como virtud.

Políticamente, los ciudadanos de a pie chocamos contra una derecha cada vez más extrema, que procura confundirnos proporcionándonos una máscara de fervientes demócratas, usando como estandarte la lucha contra la crisis dictatorial venezolana y cubana pero que cede ante el poder económico de China como gran dictadura.

Una derecha que prometió trabajo y crecimiento económico, promesas que no han sido cumplidas tras asumir el poder, en una administración fallida, con un Presidente de la República cuestionado y por estos días citado a declarar por deudas impagas, hundiéndose aún más en la percepción ciudadana, independiente a las encuestas.

Chocamos también contra una izquierda a su vez cada día más extrema, que justifica esas mismas dictaduras, con nuevos micropartidos que prometen la panacea del socialismo como modelo de Estado de Bienestar ante el escepticismo general de millones de personas que vivieron en carne propia lo errático de su modelo.

Chocamos a su vez con una oposición débil, perdida en sus propias redecillas internas, encapsulada en antiguas alianzas, secuestrada por emblemáticos dirigentes con escasa aprobación social que se niegan a abandonar sus parcelas de poder, incapaces de ponerse de acuerdo para responder de forma enérgica y determinante a los excesos del oficialismo sin que aquello acabe en peleas y acusaciones transversales entre esos mismos ex socios.

Es normal, entonces, que la apreciación y el sentimiento real de los ciudadanos sea de un absoluto rechazo.

Mientras eso sucede, decenas de parlamentarios caen una y otra vez en una seguidilla de errores, decisiones y espectáculos de una vulgaridad que deja sin palabras, sumado a la incursión de personajes del mundo de la farándula que avergüenza, que paraliza, que toman decisiones en nombre de todos a veces sin saber exactamente de qué se trata lo que están votando.

Del resto de las instituciones está demás mencionar los continuos escándalos de corrupción, de fraude al fisco, encubrimientos y abusos, pormenorizados en una telenovela capitulada de nunca acabar, que nos tiene hartos.

En toda esta realidad, valorables han sido las organizaciones de la sociedad civil, muchas de ellas técnicamente muy competentes, cuyo continuo ímpetu han logrado revertir a ratos esa contemporaneidad pedestre de las instituciones para entregarnos una visión del Estado y la sociedad a la cual debiésemos aspirar, a la decencia que merecemos para nuestro Estado de Bienestar. Y es de agradecer.

Dentro de un año y medio serán las próximas elecciones municipales, y ese suceso será un estupendo barómetro para medir ese sentimiento y descontento ciudadano.

¿Quiénes serán castigados o por el contrario quiénes serán premiados con el voto de confianza de los chilenos? La política es ciertamente circular, también llena de sorpresas y nadie tiene una bola de cristal.

¿Cómo afectará el imperio de las fake news a la elección final de ediles, concejales y gobernadores?

¿Habrá una participación masiva de votantes o por el contrario subirá la abstención como en las últimas municipales?

¿Podrá el BigData y la manipulación de redes sociales tener el poder suficiente para poner a los nuevos candidatos al frente de municipios y regiones? Quién sabe.

Son preguntas abiertas, pero que sin duda se transformarán en un indicador claro de cara a las próximas presidenciales y parlamentarias.

Quizá gracias a la compleja crisis de credibilidad de la política y las instituciones, los partidos políticos tendrán esta vez la gran tarea, a diferencia de antaño, de elegir a sus candidatos con pinzas, perfiles concretos y libres de pasados cuestionables. Lo cierto es que la sociedad chilena ha cambiado, al igual que sus percepciones.

En ese trabajo la decencia debe ser un valor, y la decencia entendida como esa virtud de honradez y rectitud, personas moralmente aceptables y libres, de trato directo pero también cercanos.

Será recomendable encontrar personas íntegras, diferenciadas y con verdadera vocación de servicio público, alejadas de amiguismos, clientelismos y muy distintas a los tradicionales operadores políticos.

El paradigma de las próximas elecciones municipales será una simple cuestión de decencia, al menos para una gigantesca mayoría decepcionada.

Será una palabra fundamental y determinante para el éxito: la decencia.

No podrían no ganar, porque es lo que imploramos.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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