La desconfianza

Se han usado diferentes palabras o conceptos para definir y/o precisar el distanciamiento que se ha producido en la relación de la ciudadanía con el Estado, por ese motivo se ha hablado del desencanto y la desafección, también del descrédito, ahora se ha instalado con mucha fuerza la desconfianza hacia la autoridad.

Este fenómeno viene desde hace años o décadas, de hecho en el primer periodo del actual Presidente surgió el término “la letra chica” de la mala práctica de hacer anuncios espectaculares que después se desinflaban porque incluían engorrosas cláusulas que impedían la concreción de esos derechos o beneficios, Piñera se caracterizó en esos 4 años por generar expectativas que fueron defraudadas, por eso, si la desconfianza es muy densa, hay razones que lo explican.

Es imposible que sea de otra manera, cuando la conducta de los personeros que ejercen el poder acentúan y multiplican los daños ya considerables que los fenómenos sociales, biológicos o climáticos generan en la vida de la humanidad. Ahora bien, los hechos indican que la desconfianza va a crecer, porque no es posible examinar este fenómeno como una mera suspicacia ya que en la sociedad global los mecanismos para engañar o defraudar a la comunidad se han ramificado y son prácticamente infinitos.

La imprevisión de los gobernantes puede sorprender a diario, por ejemplo, el  ex ministro de Salud que poseía un poder absoluto, para hacer y deshacer en la respuesta a la pandemia, entregó al diario La Tercera, el 27 de enero, cálculos totalmente equivocados, como, “No estimamos posible que haya una gran pandemia..”, o como la displicente y dramáticamente errada respuesta, “..es posible que haya algunos casos aislados...”, así también, el ya consabido, “estamos absolutamente preparados”, afirmado en punto de prensa, el 31 de enero. La jefatura de esta “batalla” se equivocó totalmente.

La magnitud de su error, provocó su “derrumbe del castillo de naipes”, el 26 de mayo, el reconocimiento de una estrategia garrafalmente equivocada, el resultado de sus declaraciones era su inevitable reemplazo, pero todo siguió igual. Así como no va a haber desconfianza, cuando la autoridad ha hecho uso y abuso de la buena predisposición de la ciudadanía y de la disciplina del pueblo chileno y el balance de su acción es un inocultable fracaso. Pero la autoridad como si nada, continúa con anuncios que simulan que hace algo cuando en realidad, el país se desplaza sin saber adonde se dirige.

Por eso, la gente tiene un dilema, desconfía o la engañan. En particular, la sustracción o mal uso de recursos públicos a través de los paraísos fiscales y/o empresas de fachada, colocando a palos blancos y/o simulando “fideicomisos” fácilmente vulnerables para los especialistas, en suma, hay demasiados mecanismos para evitar el pago de impuestos, encubrir fraudes, lavado de activos, ocultar patrimonio o dineros mal habidos.

Es un dato de la realidad, los gobernantes multiplican sus haberes y las familias suman deudas y obligaciones. Ante ello, a las personas no le queda más que la desconfianza, por lo demás, es mejor que sobren a que falten los instrumentos de control que en está maraña global serán siempre insuficientes, así, la desconfianza ciudadana se ha convertido en un fiscalizador fundamental.

Asimismo, la demagogia de la autoridad es irritante, está el hábito que un alto jerarca o funcionario afirme que “destinó” o “gastó” cierta cantidad en una iniciativa o inversión, inflándose como pavo real; sin embargo, esos recursos no son suyos, en rigor, ese personero no gastó nada, más aún, recibió “por su arduo y sacrificado desempeño” una buena remuneración con dinero fiscal.

En malas prácticas las autoridades que las cometen caen por un tobogán en que no cesa el mal uso de los cargos públicos. Así, presa de triunfalismo y menosprecio del impacto de la epidemia, el gobierno anunció el “retorno seguro” para iniciar lo que llamó “nueva normalidad”, el primer paso de esa frivolidad era la vuelta de los funcionarios públicos, en el apuro para aplicar una resolución con débil sustento, se recurrió a un organismo sin las atribuciones para ello, la Dirección Nacional del Servicio Civil, porque la autoridad sanitaria que debía hacerlo legalmente no tenía como justificar esa decisión. Esa mala práctica hubiera tenido graves consecuencias en la salud de las personas del sector público.

Pero la Ajunji, con el apoyo de la ANEF y la CUT, recurrió al órgano legal competente, la Contraloría, que les dio la razón a los funcionarios públicos, lo que constituye una gran victoria para su organización social. Mientras haya razones epidemiológicas, el ministerio de Hacienda no puede obligar a los funcionarios públicos volver a sus rutinas habituales. De hecho, es imposible que se repongan sus funciones como se hacían hasta el 15 de marzo pasado y deberán necesariamente reacondicionarse.

Así se ejerció el valor esencial de la opinión autónoma de los actores sociales, en especial, la CUT y la ANEF, que irritan al gobierno y les persiguen, como pasó este primero de mayo, en que se castigó a los dirigentes sociales por extender un lienzo en la Alameda, simplemente, por el hábito de acallar al que piensa diferente.

El costo para las familias es demasiado alto como para que el gobierno rechace las críticas como si fueran infalibles. Por el contrario, crece el descalabro y el propio Mañalich, reconoció que están “en la oscuridad”, así no pueden pedir que se callen las voces de alarma ante el rumbo incierto que ha tomado la crisis sanitaria en el país.

Las malas prácticas se han agravado con la pandemia, se segmenta la información, se distorsionan y cambian los criterios en forma repetida y se manipulan groseramente las necesidades de la población.

Por ejemplo, se anuncian con espectacularidad cajas de alimentos, la autoridad habla de cifras millonarias, después poco a poco la cantidad se reduce, también se omite que el gasto se paga con recursos asignados a las regiones, no se informa el contenido que tendrán para que no se empañe el efecto mediático, si la nutrición de las familias no es lo realmente importante en la lógica presidencial.

En efecto, el momento estelar, es la “foto”, la ansiada toma para la tele, que se prepara con indebidas instrucciones por manual, muy defendidas por la UDI, la orden es clara, la autoridad debe verse sonriente, simulando un acto de generosidad personal.

La perversidad de utilizar el drama humano y la tragedia social generadas por el Coronavirus, incluso ha impactado en autoridades que han reconocido que “no estuvo bien hecho” y que las instrucciones para motivar aplausos y loas hacía el gobernante les han producido “pudor”.

En el reparto de cajas algunas personas reciben sin quejas, no hay ingresos que más van a hacer, incluso sonríen y agradecen, otros aceptan por obligación y luego cierran su puerta, también existen los que rechazan, hay diversas conductas, pero la gente sabe que le están imponiendo un acto indigno, qué mientras más le sonríen y más videos le toman más la humillan. La malignidad del que inventó la repartición de las cajas consiste en que se obliga a que la gente aplauda a la misma autoridad que le negó un Ingreso de Emergencia con el monto necesario para sobrevivir dignamente.

Con esa “caja”, no se  hace  más que agravar la segregación urbana, dividir y generar disputas en las poblaciones, en el corazón de la pobreza que tiene Chile, y es un grave error del gobierno creer que así, fácilmente, borra el descalabro en que tiene al país.

Lo más grave es que niega un derecho social adquirido en el tiempo, porque durante 4 gobiernos sucesivos, desde Lagos en adelante, hubo un mayoritario consenso en la conveniencia de ahorrar parte de los excedentes de la bonanza del cobre, con ese objetivo se guardaron recursos que podrían haberse destinado a necesidades que se postergaron para cubrir gastos esenciales cuando las arcas fiscales no tuvieran el volumen de ingresos requerido.

Ese momento llegó, pero la autoridad niega los recursos, así crece la desconfianza porque ya se sabe que está diseñado un programa llamado “Fogape plus”, destinado al respaldo de los mega consorcios gravitantes en el entorno presidencial. Entonces, sin avisos o advertencias, la desconfianza se filtra y disemina en la relación de la autoridad con la ciudadanía. No se ve, pero resulta ser un material resistente, en efecto, la desconfianza adquiere firme consistencia. No se saca con detergente como desechos de un plato sucio, se pega sin que se pueda sacar o expulsar.

La autoridad se va a solazar muchas veces, lleno de soberbia cada vez que haga uso del poder, se acostumbrará a hablar de unidad y se sobará las manos fascinado con la ilusión que desde el poder se puede maniobrar y engañar cuantas veces quiera, incluso, hasta envalentonarse es posible y rodeado de sus numerosos escoltas comete más de alguna imprudente provocación.

El ministro del Interior, el viernes recién pasado, pidió a las fuerzas políticas “tener la altura para entender el momento histórico”. La táctica es fácil, culpar a los demás y exigir que sus interlocutores digan y hagan lo que el gobierno quiere, pero su autoridad moral está por el suelo, la información de CIPER sobre la manipulación de las personas fallecidas es una gota que rebalsa el vaso.

Ese no es el camino. Se necesitaban cambios en la conducción para enfrentar la tragedia que ya agobia al país. No es posible seguir así, en una semana se duplicó el número de fallecidos. Más allá de su esfuerzo personal la gestión de Mañalich estaba completamente agotada.

Por eso, la desconfianza actúa invisible como el Coronavirus y hará su trabajo.

El que gobierna sobre la base de engaños y maniobras no podrá zafarse del rechazo que produce esa hormiga incansable, la desconfianza, que viene a ser una vacuna ante la retórica frívola de un ejercicio del poder, populista y autoritario.

Por eso, ante el tipo de autoridad que se ha configurado, engañosa, ambigua, siempre intentando imponer sus propios intereses, resulta ser que la desconfianza ciudadana se convierte en un instrumento inevitable de resguardo de las grandes mayorías sociales frente a conductas de los gobernantes que son impropias e indebidas.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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