Hay una diferencia fundamental entre construir una cancha y lograr que se juegue un buen partido. La primera depende de recursos y ejecución. La segunda requiere algo mucho más complejo: reglas claras, confianza entre los jugadores y la certeza de que el resultado no cambiará a mitad del encuentro.
Esa diferencia parece estar ausente en la mega reforma impulsada por el Presidente José Antonio Kast, que en los próximos días se votará en la sala del Senado.
El Gobierno ha presentado esta iniciativa como una herramienta para recuperar el crecimiento, incentivar la inversión y entregar estabilidad a la economía chilena. Son objetivos compartidos por todos. El problema no está en el diagnóstico, sino en el camino escogido para enfrentarlo.
Las grandes reformas económicas no son simplemente leyes. Son cambios en las reglas del juego. Y cuando se modifican reglas que afectarán las decisiones de inversión durante décadas, no basta con tener los votos para aprobarlas. También es necesario construir legitimidad para que esas reglas perduren en el tiempo. Porque la inversión no depende únicamente de lo que ocurre hoy. Depende, sobre todo, de la confianza en el futuro.
Las empresas que evalúan invertir en Chile no observan solamente el contenido de una reforma. También analizan si las nuevas reglas tendrán estabilidad política y social. Quieren saber si permanecerán vigentes más allá del gobierno que las impulsa o si serán objeto de cuestionamientos y modificaciones permanentes.
Por eso preocupa que el Ejecutivo parezca más enfocado en conseguir una victoria legislativa que en construir un acuerdo amplio.
Si esta reforma termina siendo aprobada únicamente con los votos de la derecha, el Gobierno podrá exhibir un triunfo parlamentario. Pero difícilmente podrá asegurar que ha construido las condiciones de estabilidad que dice perseguir. Una reforma percibida como la obra exclusiva de un sector político corre el riesgo de transformarse en una fuente adicional de incertidumbre.
La historia demuestra que las transformaciones más exitosas son aquellas capaces de trascender a quienes las impulsaron. Son reformas que sobreviven a los cambios de gobierno porque nacieron de acuerdos amplios y no de mayorías circunstanciales.
En fútbol ocurre algo parecido. No basta con construir una cancha impecable ni con definir un reglamento. Para que exista un campeonato exitoso, los jugadores deben confiar en las reglas y creer que se aplicarán de manera justa y estable. Cuando eso no ocurre, el torneo pierde credibilidad.
La economía funciona exactamente igual. Las inversiones florecen donde existen certezas, confianza y estabilidad. No donde las reglas aparecen asociadas exclusivamente a la voluntad de un sector político. Por eso el Gobierno aún está a tiempo de corregir el rumbo. Abrirse al diálogo no es una señal de debilidad. Es una señal de inteligencia política. Las reformas estructurales requieren acuerdos capaces de proyectarse en el tiempo y transformarse en políticas de Estado.
Si el Presidente Kast realmente busca atraer inversión y fortalecer la economía, debe comprender que la legitimidad no es un obstáculo para el crecimiento. Es una de sus principales condiciones.
Porque al final del día no basta con construir una cancha. Lo importante es que quienes deben jugar en ella confíen en las reglas y quieran disputar el partido. De lo contrario, el resultado será una cancha perfectamente construida, pero en la que nadie quiere jugar.