La niñez, la muerte y el rito

"Yo no quiero morirme nunca, porque quiero jugar siempre", contaba Galeano en un relato de un niño de Montevideo. Parece la unión de dos opuestos nombrar la muerte y la niñez.

Hablar de la ausencia no es fácil, ya que esta significa el acto de estar físicamente alejado o no presente en un lugar o situación determinada. Y cuando nos referimos a la pérdida de una persona se vuelve aún más complejo, ya que nos lleva a una transformación de la experiencia del apreciar, nos lleva al duelo y a la comprensión de una nueva forma de realidad.

Algo que es transversal en nosotros, es nuestra propia conciencia de la futura finitud, es decir todos sabemos que vamos a morir, por lo tanto, también sabemos que personas que queremos también lo harán, las despedidas son parte de nuestro existir, y no quiero con esto asustar a nuestros niños sino invitar a los adultos a que hablemos de lo fugaz y lo que perdura, el instante y la memoria, el ruido y el silencio de cosas importantes, de cosas trascendentales como las despedidas y el rito de ésta, con nuestra infancia.

Cuando participamos en un funeral, no es sólo un acto simbólico, sino que además se construye desde esto una estructura emocional y cognitiva que intenta explicar y procesar la ausencia, porque los rituales marcan límites, nos ayuda a reconocer aquello que existió y aquello que ya no existe, nos lleva a adentrarnos por una realidad nueva que debemos aprender a habitar reconociendo el dolor y la perplejidad. Los hábitos cambian, las conversaciones cambian, los espacios también, mas no así los recuerdos desde el sentir.

El ritual aparece entonces como una herramienta profundamente humana para reducir esa incertidumbre. Ya que el despedirse es también un acto social, el adiós comienza cuando aceptamos la pérdida y desde esta ausencia se integra un nuevo concebir, porque despedir no significa olvidar, más bien es honrar la existencia de quien ya no está. Valorar lo que esa persona dejó, es adquirir claridad de qué es lo importante de la vida. Qué atesoramos de quien ya no está entre nosotros, lo que conservaremos y lo que dejaremos ir.

Los rituales de despedida no eliminan el dolor de la pérdida. Pero sí nos ayudan a recorrerlo. Nos permiten pasar de la confusión al significado, de la discontinuidad a una nueva forma de comprender nuestra realidad. Y quizás esa sea una de las funciones más valiosas de cualquier rito humano: ayudarnos a habitar la ausencia sin perder el sentido de quienes somos.

Debemos acompañar a los niños y niñas en las despedidas, conduciendo desde la ausencia y la memoria, entendiendo el dolor en su propio significado, ofreciendo un espacio reconocible cuando todo parece incierto. De esta forma podemos compartir la dolencia y, al mismo tiempo, construir esperanzas. Los rituales no eliminan la ausencia; ayudan a transformarla en memoria. Y los niños necesitan de esos gestos para aprender que el amor permanece incluso cuando alguien ya no está.