La odisea de confiar en el Padre

El fin de semana pasado, muchos concurrimos a las salas de cine para ver la nueva obra del director Christopher Nolan. Esta vez, tomó como punto de partida "La Odisea", un clásico de la literatura que narra la aventura épica de Odiseo en su regreso a Ítaca, su patria, después de la guerra de Troya.

Tras años de guerras, viajes, pérdidas y naufragios, Odiseo comprende que el último tramo de su regreso a Ítaca no dependerá de su astucia. Durante toda su vida había confiado en su inteligencia y había ganado batallas gracias a su capacidad de anticiparse a los demás. Sin embargo, cuando decide dejar la isla de Calipso para recuperar a su esposa, a su hijo y su reino, recibe una advertencia inesperada: el mayor desafío no será enfrentar monstruos ni sobrevivir a una tormenta, sino renunciar al control.

Odiseo se embarca nuevamente sin certezas ni estrategia. Por primera vez, debe abandonarse a la voluntad de los dioses griegos para comenzar realmente su regreso, después de veinte años de estar perdido. Aunque existen profundas diferencias con la fe cristiana, la experiencia de soltar la propia vida y entregarla a algo superior resulta cercana a lo que creemos quienes seguimos a Jesús.

En los relatos antiguos, los dioses exigen sacrificios. Muchas veces se trata de ofrendas dolorosas, incluso de la vida de un hijo, para obtener protección, evitar un castigo o conseguir un favor. La lógica es la de una negociación con lo divino, que no siempre resulta en un bien para la persona que lo solicita.

Sin embargo, Cristo propone algo radicalmente distinto. Dios Padre no necesita sacrificios humanos ni que perdamos algo para satisfacerlo. Por el contrario, es Él quien se entrega primero, enviando a su Hijo al mundo para que tengamos vida eterna (cf. Jn 3,16).

Por eso, el único sacrificio que verdaderamente aparece en el cristianismo es el amor: el despojo de uno mismo y la capacidad de dejar de ponerse a uno mismo en el centro para abrir espacio a Dios y a los demás. "Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará" (Mt 16, 25). Lo más difícil no es perder, lo más difícil es renunciar a la ilusión de que controlamos nuestra existencia y de que, como Odiseo, podemos llegar a la meta únicamente por nuestro propio esfuerzo y astucia.

La historia de la salvación está llena de personas que avanzan sin saber cómo terminará el camino: Moisés libera al pueblo de Egipto sin conocer el destino; María dice que sí sin comprender completamente lo que ocurrirá; y Pedro deja sus redes sin saber a dónde lo llevará ese llamado.

La fe cristiana no nace de tener todas las respuestas, sino de la experiencia de haber sido encontrados por un Dios que nos ama. Un Dios que sostiene nuestra vida, que tiene un propósito para cada uno de nosotros y que nos invita a caminar junto a otros para hacerlo realidad.

Por eso, al contemplar a Odiseo sobre una pequeña balsa en medio de un mar inmenso, confiando en que llegará finalmente a su patria, podemos reconocer algo a lo que el cristianismo también nos invita: hay viajes que solo pueden realizarse cuando dejamos de aferrarnos desesperadamente al timón y descubrimos así, que Dios no nos pide sacrificar a otros, demostrar nuestra fortaleza ni conquistar el mundo. Porque la mayor odisea no es el regreso a nuestra Ítaca, sino el retorno al Padre: abandonarnos confiadamente en sus manos, como un niño en brazos, y atrevernos a amar como Él ama.