Lucha espiritual contra el mal del totalitarismo

La filosofía cristiana ha desarrollado profundas reflexiones sobre el mal del totalitarismo. En esta oportunidad, comparamos dos intelectuales cristianos, padres de la filosofía cristiana del siglo XX: Nikolái Berdiáyev (1874-1948) y Jacques Maritain (1882-1973).

El mal, para Berdiáyev, no es privación de bien ni defecto ontológico, sino acto positivo de una libertad que se aparta de Dios sin haber sido determinada previamente por él. Dios no crea la libertad; la libertad es coeterna con Dios en la medida en que el "Ungrund" es el abismo original desde el cual el espíritu se determina, una matriz donde brota toda la realidad ordenada. El mal, entonces, se resuelve al final de la historia, en el Reino, no en su interior, o sea, es una solución escatológica.

Maritain, filósofo tomista, sostiene que el mal no es ser, sino privación de un bien debido (privatio boni debiti). No hay una sustancia del mal, ni un principio anterior o coeterno a Dios; hay entes buenos en cuanto son, y hay defecciones libres de la voluntad creada que se apartan del orden querido por Dios.

Maritain preserva la trascendencia absoluta y la omnipotencia de Dios, la bondad ontológica de todo lo creado (omne ens est bonum) y la seriedad moral del acto libre. La teodicea de Maritain es dramática, pero no trágica en el sentido berdiayano: la historia es lugar de mediación, no de tragedia irresoluble.

Para Berdiáyev, el totalitarismo es la forma extrema de la objetivación: la reducción del espíritu personal a colectivo, a clase, a raza, a nación, a masa. La persona (lichnost) es la única categoría espiritual absoluta; toda entidad colectiva que se erija por encima de ella es idolátrica. El bolchevismo, el fascismo y el capitalismo desalmado son, en último análisis, tres manifestaciones de un mismo eclipse del espíritu personal, tres formas de la esclavitud del hombre. La crítica de Berdiáyev es simultáneamente antimoderna y antirreaccionaria: rechaza la modernidad burguesa por atomizar y despiritualizar, y rechaza los totalitarismos por colectivizar y despersonalizar.

Su alternativa es una comunidad (sobornost) que no anula al individuo en el colectivo ni lo aísla en la mónada burguesa, sino que se funda en la comunión libre de personas espirituales. Berdiáyev es aquí más profeta que arquitecto político: no diseña instituciones, denuncia idolatrías.

Maritain vivió el mismo drama desde la orilla católica y latina. Rompió con toda tentación reaccionaria tras la condena vaticana de 1926 y elaboró la crítica católica al totalitarismo y el programa positivo de una nueva cristiandad, en una línea similar a Berdiáyev, profundizada por Mounier.

La clave conceptual maritainiana es la distinción entre individuo y persona, lo que Berdiáyev también comparte. Como individuo, el hombre es parte de un todo (biológico, social) y se ordena al bien común; como persona, es un todo espiritual, imagen de Dios, ordenado directamente al fin último sobrenatural. El totalitarismo consiste, para Maritain, en tratar al hombre solo como individuo, absorbiéndolo en el Estado o en la raza; el liberalismo puro consiste en tratarlo solo como individuo aislado, negando el bien común. La verdadera política se funda en la persona: en su dignidad ontológica y en sus derechos inalienables, que Maritain fundamenta en la ley natural.

Maritain construyó mediaciones institucionales: inspiró la democracia cristiana europea de posguerra, participó indirectamente en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 y elaboró una filosofía política concreta -el pluralismo, la autonomía del orden temporal, la distinción entre lo espiritual y lo político- que ofreció al catolicismo un lenguaje moderno sin renunciar a la tradición. Cabe señalar que dentro de la tradición filosófica cristiana algunos de estos últimos aspectos de Maritain no logran consenso intelectual. Por ejemplo, Simone Weil no comparte la visión de derechos humanos de Maritain. En el caso de la consolidación de organismos supranacionales como la Unión Europea, los detractores ya eran anteriores. En este sentido, el teólogo católico ruso Soloviev, si bien fue un firme defensor de la reunificación de las tradiciones cristiana occidental (católica) y oriental (ortodoxa), advierte que esta unión política de carácter puramente secular, materialista y burocrática termina encumbrando a un líder global brillante, filántropo y pacifista que resulta ser el Anticristo.