Cambio de mentalidad

Yo provengo del nunca bien ponderado “mundo social”, ese complejo campo laboral que tiene la peculiar característica de no ser percibido como un trabajo profesional.

Y es que para una gran cantidad de personas trabajo es únicamente aquello que reporta utilidad, generando, de esta forma, que actividades como el voluntariado sean encasilladas en el segmento joven, en el tiempo libre y como una posibilidad. Los Felipe Cubillos y los Benito Baranda son vistos como locos antes de alcanzar el éxito y es precisamente aquello lo que hace tan difícil el surgimiento de nuevos liderazgos en materia social.

Y este es un fenómeno que se observa en todas las épocas del desarrollo humano, marcando la vida de manera transversal.

Primeramente, cuando pequeños, no se nos enseña a compartir con quienes poseen una situación socioeconómica distinta a la de nuestra comunidad.

La desigualdad, al contrario de lo que se comenta en Twitter, no es la que construimos cuando unos ganan tanto como para comprarse un Audi mientras otros hacen malabares para que cada invierno la casa aguante el temporal; esa es solo una consecuencia de la verdadera desigualdad.

El problema de fondo es la falta de amor en nuestras relaciones humanas, que comienza cuando los colegios enseñan asistencialismo en los últimos años de escolaridad y no promueven que sus alumnos realmente interactúen, empaticen y generen vínculos efectivos con personas de escasos recursos, privándoles de la reflexión que inmediatamente surge cuando logramos ver al pobre como un igual.

Muchos lo sienten, asimismo, cuando deben escoger la carrera al postular a la Universidad.Existe una gran cantidad de casos en que los padres prohíben a sus hijos estudiar carreras de eminente contenido y vocación social.

La educación, que tanto defendemos en estos espacios, en parte está como está por que muchos padres aconsejaron a sus hijos estudiar una carrera mas“tradicional”.“Estudia Derecho y después, si quieres, te dedicas a enseñar”, es una de las frases que me ha tocado escuchar muchas veces a compañeros de Universidad.

Gente que le brota la pasión por los ojos cuando habla de historia, geografía o arte, que deslumbra cuando cuenta los detalles del libro que prefirió leer en vez de estudiar Derecho Procesal; personas que, en definitiva, hubieran hecho maravillas en un salón de clases público con treinta niños hambrientos de una educación de calidad.

Ya como estudiantes universitarios, en tanto, son otras las dificultades que aquejan a muchos jóvenes con interés por ayudar a los demás. Las críticas, cada vez que se asumen responsabilidades paralelas a los estudios en materia social, abundan.

El miedo a que sus hijos dejen de poner como prioridad los estudios es demasiado grande y nubla la vista de muchos padres que deberían ser los primeros en promover tal iniciativa en ellos. ¡Y sin duda que los estudios son importantes!

No sólo eso, la carrera de un estudiante es efectivamente su responsabilidad fundamental y constituye su principal herramienta de servicio y cambio social, pero es imposible que los jóvenes entiendan dicha importancia si se les corta la mesada cada vez que quieren comprometerse con una actividad externa a la cátedra formal.

Una educación integral, esa que instruye damas y caballeros, padres y madres comprometidos, buenos ciudadanos y empresarios que sitúan a la persona al centro de la política organizacional, es la que se forma de la mano del voluntariado, ya que éste permite reflexionar acerca de la propia vida a la luz de las injusticias que se manifiestan durante cada actividad.

Al tener secundarios criados con la vara del asistencialismo y la segregación social, universitarios estudiando carreras que no les apasionan o privados del apoyo para realizar actividad extracurricular, no tenemos que extrañarnos cuando veamos abogados, médicos, arquitectos, políticos u otros profesionales que les importe un maní manejar un Audi mientras otros pasan hambre y frío en una población anónima de la capital.

Y yo sé que muchos de ellos también donan. Me consta que no son malas personas y que se les aprieta el corazón cuando tienen la oportunidad de conocer una historia de sufrimiento o necesidad, en fin, sé que hacen lo más posible por ayudar a otros a mejorar, pero no es suficiente.

No basta con regalar lo que nos sobra, aunque sea mucho, para impetrar los cambios que hagan de Chile un país menos desigual. El Padre Hurtado decía que la caridad comenzaba al terminar la justicia y, bajo esos cánones, en Chile actualmente nadie hace caridad.

Lo que realmente va a levantar Chile es un cambio de mentalidad. Uno tan drástico que permita a empresarios abrir los brazos por sobre las ventajas tributarias y los inste a donar de la utilidad.

Uno que urja a los padres por forjar en sus hijos conciencia social y que haga nacer, en ellos, un deseo permanente de ésta y un sentido de responsabilidad.

Necesitamos un cambio de mentalidad tan radical que nos ayude a comprender que la labor social no es un voluntariado de verano, de los años mozos, que se termina con un comprobante de transferencia o una boleta al depositar.

La acción social es un modo de vida que todos estamos llamados a desarrollar y, mientras no comprendamos esto, las puertas seguirán cerradas para muchos jóvenes Cubillos y Barandas que quieren marcar su historia por el servicio a los demás.

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