Juan Enrique Vega, chao viejito

El 14 de septiembre fuimos a despedir, después de un responso católico, a Juan Enrique Vega Patri.Murió en septiembre, como muchos grandes de esta tierra.

Es comprensible el dolor de los viejos militantes del Mapu. Juan Enrique es la segunda figura histórica que se nos va. La primera fue Rodrigo, en 1972, a los 31 años. Llamamos figuras históricas a los cinco grandes de la juventud de los sesenta (Ambrosio, Correa, Vega, Gazmuri y Ávila) y a los grandes “viejos” que nos acompañaron en los orígenes (Gumucio, Chonchol, Sota y Julio Silva Solar)

Juan Enrique había comunicado a sus amigos más cercanos que, a su muerte, no quería ninguna ceremonia religiosa. Fue inevitable no aceptar el responso clerical. En Chile es casi imposible brindar a un ateo o a un agnóstico una ceremonia fúnebre seria y laica, menos cuando no se tiene dinero suficiente.

Fue muchas cosas en su vida de 69 años Juan Enrique.

De los 50 años de adultez que alcanzó a vivir, la mitad, unos cinco lustros, los vivió fuera de Chile.

La dictadura, el trabajo en las embajadas, las asesorías de alto nivel (fue su tarea en algunos años) lo empujaron fuera.Más observó y estudió su tierra que lo que la sintió y vivió. Pero nació y murió en Santiago, sufriendo, pensando y sonriendo, como en todos sus cincuenta años de entrega. En grande. Con la máxima intensidad.

Yo lo conocí a los 17, cuando entró en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. En ese entonces era el gordo o el guatón Vega.Medio siglo, el más cargado de la historia de Chile. El que nos llevó más alto y nos lanzó más bajo.El que no conoció la mediocridad. Y el que tratamos de enfrentar con consecuencia.

Fue un humanista.

Fue un enciclopedista, un racionalista ateo, un trotskista sensato, un anarquista ordenado, un comunista libertario, un eterno disconforme, un permanente experimentador. Simplemente un marxista. Dudó siempre, como el Maestro.

Una noche en Madrid (¿hará tres años?) nos confesó a Tomás Armijo y a mí que viviría hasta que pudiera experimentar. Luego, prefería no estar. Con el paso del tiempo no sólo fue mi amigo sino el de toda mi familia.

Entró muy cabro a la JDC, a los 13 ó 14, atraído por la elocuencia de Tomic y de Frei, la honestidad de Castillo, la humilde grandiosidad de Leighton, la consecuencia de Gumucio. Ocupó muy pronto cargos de dirección y llegó a ser, con todos los honores, Presidente de la Juventud.

Era el segundo o tercero de la generación de Rodrigo Ambrosio y fue el más izquierdista en la dirección histórica que fundó el Mapu. A los 27 años fue nombrado por Allende y aprobado por el senado como embajador de Chile en Cuba. A los 27 años.

Fue siempre receloso.

De las ideologías y de los ordenadores políticos.

Ubicado en la izquierda de la dirección histórica que dio origen al Mapu fue convencido por los demás que, dada la necesidad que tendría el gobierno popular de combatir a la ultraizquierda, era mejor que él viajara a estudiar más al extranjero. Partió disciplinadamente, con una beca, aunque pronto volvió.

Fue el único embajador en Cuba en el Chile de Salvador Allende, pero hubo uno que, más tarde, inventó -con éxito en la generalizada ignorancia- que lo había sido en vez de él y que incluso había sido declarado allí “persona non grata”.

Fue embajador de Lagos en Ginebra en el 2000, y entendió, por la ideología y por los hechos, que debía condenar los atropellos de EEUU en Irak cuando le ordenaron abstenerse. No lo aceptó.

Pinochet lo condenó a vivir fuera de Chile. En 1975 bajó de peso y se operó el rostro para entrar a dirigir clandestino, llamado por “el interior”, pero cuando estaba listo, con todos sus papeles camuflados, sin papada y con ciertas facciones alteradas, le ordenaron quedarse afuera.Mantuvo las cicatrices toda la vida.

Viajó a La Habana en 1971 como el más joven embajador de la historia de Chile, y a fines de ese año acompañó a Fidel Castro en su histórica visita a nuestro país. Podemos presumir con fundamento que, en medio de la algarabía popular de la izquierda triunfante, causó envidia en algunos funcionarios de carrera de la época, incluso en el que fue nombrado sólo Encargado de Negocios en Cuba para prepararle el camino y que funge hoy ¡por fin! de embajador de Piñera en París.

En los primeros años en la Escuela de Derecho estudió siempre con mis apuntes de clases y mis resúmenes de libros pero mientras yo reprobaba o sacaba una negra él aprobaba al menos con dos coloradas. Desde entonces me llamó, a mí que tenía seis años más que él, “viejo” o “viejito”, porque era cariñoso. Yo empecé a llamarlo igual muchos años después, cuando las aventuras políticas comunes, los desayunos en su departamento de México en los 80 o en la residencia en La Habana de los 70, el cuidado recíproco con nuestros hijos, el peso de la vida, los buenos recuerdos, las añoranzas de la juventud, las del exilio, las críticas a los gobernadores, las conversaciones sobre el peso del poder, nos igualaron.

Juan Enrique fue un hombre ilustrado, que perteneció a la ilustración europea de los años 60 y a la selecta chilena de poquito después. Fue muy amigo de Lechner y de Moulian, de Gazmuri y de Correa, a pesar de sus diferencias. Y de Juan Gabriel Valdés que, creo, por muchos años lo trató como su pariente mayor. Correa era más dogmático, como marxista leninista o como neoliberal, como agnóstico o como creyente. Vega no aceptó dogmatismos de ninguna especie. En eso, y en su permanente progresismo, fue un joven de la ilustración chilena del siglo XX.

Juan Enrique fue a veces un líder y pudo haberlo sido siempre, si hubiese sido menos crítico y menos humilde.

Rebelde siempre, se levantó contra la DC reformista de fines de los 60, porque quería la revolución, y fue el redactor principal de las tesis de los militantes concertacionistas autocríticos y críticos bajo el gobierno de Frei Ruiz Tagle, esos que fueron calificados de “autoflagelantes”.Nunca dejó de serlo.

Me consta que sufrió mucho con la muerte de Allende en 1973 y con la de Frei en 1982. Me escribió desde México a La Habana a la muerte de éste, compartiendo que más allá de las diferencias políticas que nos separaban con el ex Presidente demócrata cristiano, algo muy profundo había muerto en el alma de nuestra generación. Algo que se sumaba al dolor por la partida de Allende.

Cuando veo hoy a socialistas y decé sin esos troncos, siento que Juan Enrique tenía razón.

Su muerte fue sentida en Santiago y en Lima, en Putaendo y en Madrid, en la Plaza Brasil y en La Habana, entre los intelectuales y los que lo recuerdan en el Valparaíso del “Pega con Vega”.

Nos apretamos con un abrazo por él y por nosotros con Bernardita Aguirre, con Marcia Scantelberry, con Moulian, con Gazmuri, con Ávila, con el Pepe Vargas, con Gacitúa, con Ricardo Núñez, el día antes del entierro.

Dolores Rodas escribió desde París. Martín Mujica desde Canadá. Herman Mondaca desde Arica. Carlos Arévalo desde Santiago, seguro que Rodrigo lo estaba esperando. El Chico Ramírez, que militó con él aquí y en Lima; Miguel Soto, que estuvo en La Habana; Hugo Ruedas, aquí y en Cuba; el Chico Domingo, que dejó un corazón en Cojímar.

Patricia Castillo me cuenta que antiguas y antiguos militantes del Mapu de Valparaíso se juntaron para recordarlo.

Jorge Arrate, a quien comuniqué la dura nueva, me escribió muy impactado, pidiéndome que le diera sus cariños a la familia. Eran muy amigos desde los 60 en la universidad, y yo creo que parecidos.

Su hija Camila vino desde Barcelona. Eduardo Rojas desde Buenos Aires.

Se comunicó conmigo su amigo y mi compadre Enzo Gazzolo, hoy en Putaendo, donde también se le rindió homenaje. También Alfredo Filomeno, primer Presidente en los 70 del Partido Socialista Revolucionario del Perú, desde Lima. Por cierto Rony Smarth, ex Primer Ministro de Haití, nuestro amigo común, desde Port au Prince.

Filomeno me dice “fue un joven dirigente nacional en los sesenta, un joven embajador en los setenta, un joven dirigente en el exilio de los ochenta, un joven académico y asesor de prestigio en los noventa y se nos fue con esa misma juventud”.

Estoy seguro que si hubiese tenido la oportunidad de despedirme de él en vida nos habríamos dicho simplemente “Chao Viejito, chao”.

Un par de besos para Camila y Pablo.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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