Las manos de papá

De tus manos aprendí a caminar. Es cierto, de las tuyas y de las de mamá. De las manos de ambos fui aprendiendo a afirmar mis pasos, hasta alcanzar la madurez en ellos, y poder recorrer por mí mismo todo el camino que se me abría por delante, aunque sólo fueran unos cuántos pasos.

La misma estrategia que ocuparon con Luis. La misma estrategia que te veía utilizar con Jorge Ignacio, tu nieto: le pasabas un mantel por el pecho, y con los extremos lo mantenías en pie, ayudándolo a dar sus pasos, y eso que Jorge fue tardío. A veces no era solo para aprender a caminar, muchas, lo era para aprender a patear la pelota y gritar: ¡Gol del Colo!, una verdadera pasión en ti.

Aunque supiera caminar, de tus manos atravesaba las calles, esa era una selva demasiado peligrosa para mí; aún no era capaz de hacerlo solo. De tus manos, y de las de mamá, debo haber llegado al colegio. No sé quien tenía más emoción en aquellos momentos, ¿ustedes o yo? Yo era demasiado chico todavía para saber lo que venía más allá de esa reja.

De tus manos recibí muchas correcciones. Tenía que aprender a comportarme, a respetar, a obedecer. Puede que las palabras hubieran sido buenas, pero lo reconozco, las manos hablan por sí solas.

Ya un poco más grande, me comencé a fijar en tus manos. Eran manos partidas. Aunque te las lavaras siempre quedaba como dibujada de tanta línea que las cruzaba: venías de engrasar los ascensores, venías de cambiar una llave, de plantar algún árbol, de reemplazar enchufes, o de reparar la moto. Siempre había algo qué hacer, y tus manos daban cuenta de ello. Eran manos llenas de trabajo, y de un trabajo hecho con orgullo.

Tus manos también sabían acariciar. Es cierto, las más grandes eran para mamá, pero siempre alcanzaban para Luis y para mí. No pocas veces, tus manos me consolaron cuando estaba triste. Tal vez, llorabas conmigo, porque tenías un corazón demasiado sensible, pero tus manos sabían consolar.

Recuerdo esa vez que lloraba en el sillón, y tus manos me tomaron, para junto con tu voz, ayudarme a un buen dormir. ¡Cuántas veces me pelaste con ellas una manzana, ayudado de tu cortaplumas “Arbolito”, o me pelabas el maní del estadio para que te dejara ver el partido, o  compartías alguno de los sandwich que mamá había preparado ¡para que no compráramos los del estadio!

De tus manos aprendí a coser una pelota, a cambiar tapillas de los zapatos, a usar las agujas de zapatero, a coser cuero.

De tus manos aprendí a usar el serrucho, los alicates, los destornilladores, la escofina.

De tus manos aprendí a guiar una carreta de bueyes.

De tus manos supe la alegría de participar en una trilla, de tirar el anzuelo para pescar. De tus manos aprendí a elevar volantines.

De tus manos recibía orgullosas felicitaciones por mi rendimiento en el colegio. ¡Qué grande era ese momento! Ellas apretaron las mías cuando entraba a medicina.

Ellas me despidieron cuando entraba al Noviciado. Ellas me abrazaron emocionadas cuando fui ordenado sacerdote, así como lo hicieron con Luis el día de su matrimonio.

De niño tus manos siempre fueron cálidas. Más adelante, tal vez, con los años te costaba entibiarlas. Aunque lo importante es que siempre fueron cariñosas y acogedoras.

Sin embargo, tus manos se abrieron como nunca al recibir a tus nietos. Primero, Koke. Luego, Monserrat. Las manos que sólo pensaban que iban a cuidar a sus hijos hasta los diez años, ahora empezaban a querer y cuidar a sus nietos. Desde entonces, tus manos, fueron manos satisfechas, alegres, agradecidas. Aquellos surcos que las cruzaban, habían dado mucho fruto, más del esperado.

Ya enfermo, en el hospital, un día que no podías hablar, tu mano pedía que uno se quedara, y a la vez, agradecía que estuviéramos ahí. ¡Lloro cada vez que lo recuerdo!

Con tus manos en las mías te atrevías a dar algunos pasos por los pasillos del hospital, y luego, en la vereda de nuestra manzana tan recordada.

De tus manos me despedía cada día esperando encontrarte mejor al siguiente. De tus manos me despedí aquel día hasta volverte a ver en el cielo.

De tus manos, y de las de mamá, aprendí a recorrer el mundo, de esas manos crecí, de esas manos aprendí a amar.

De las mías recibiste la bendición para el último viaje.                                                                                      

 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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