Premio Nacional de Artes Musicales

Templadas y destempladas opiniones se han podido leer en los medios y las redes sociales a propósito de la entrega este año del Premio Nacional de Artes Musicales al compositor Vicente Bianchi.

Las más entendidas argumentan desde lo artístico (desde ambas veredas), y las estomacales argumentan un desafortunado error en esta oportunidad o bien las ideas sectarias de quienes reclaman el error.

Lamentable es la declaración del presidente de la Sociedad Chilena del Derecho de Autor cuando asegura que con este premio se acaba el secuestro del galardón por parte de los músicos de la academia. Lamentable también las declaraciones que ridiculizan al premiado. No así las que a propósito de los apellidos de dos de los integrantes del jurado sarcásticamente los ponen en su lugar que claro está no es integrando jurados de esta naturaleza (la Ministra Delpiano y el rector Vivaldi). Es ahí donde radica el problema. No en los apellidos de los jurados por cierto, sino en sus competencias para decidir sobre estos asuntos.

Antes de seguir, un poco de historia. El premio, desde su creación en 1945 y hasta la reforma de la ley en 1992, fue entregado a trece connotados músicos.De estos once fueron compositores y dos intérpretes.

De estos últimos el primero al director de orquesta  Víctor Tevah en 1980, quien ostenta una de las más grandes listas de grabaciones, estrenos e interpretaciones de música de compositores chilenos, y el segundo al pianista Claudio Arrau en 1983, de quien hasta hoy día muchos se preguntan respecto de su compromiso con el desarrollo y difusión de la música nacional y por lo mismo la pertinencia de haber sido galardonado.

Desde 1992 en adelante se han entregado también trece premios. Esta vez denominado Permio Nacional de Artes Musicales. De estas, uno fue para una persona del mundo del folclor, Margot Loyola en 1994, tres a intérpretes, Elvira Savi (pianista) en 1998, Carmen Luisa Letelier (cantante lírica) en 2010 y Juan Pablo Izquierdo (director de orquesta) en 2012, y uno, el reciente premio de 2016 a un compositor vinculado al mundo de la música popular, don Vicente Bianchi. El resto ha sido entregado a compositores del mundo de la música docta.

Sobre cada uno de los premios adjudicados desde su creación y hasta ahora tengo personal opinión, pero eso no es importante. Lo que importa es hacer una reflexión respecto de lo que el premio en sí mismo busca rescatar y resaltar.

En primer lugar el premio está albergado en el ministerio de Educación, pese a que  desde el año 2003 existe una repartición gubernamental encargada de asuntos culturales considerando a la música entre ellos.

Luego, la conformación del jurado está totalmente equivocada, pues sólo considera en el mejor de los casos a dos integrantes expertos (el premiado anterior y un académico designado por la Academia de Bellas Artes) contra otros tres que ostentan el lugar gracias al puesto administrativo que les toca en el minuto (el ministro de Educación, el Rector de la Universidad de Chile y un académico designado por el Consejo de Rectores).  En suma, a la hora de votar pudiera ser que el premio lo determinen tres de cinco personas que pudiendo ser muy cultas, no conocen el detalle más allá de sus personales intereses en asuntos específicos de las disciplinas. Ya lo dijo la Ministro sobre esta última versión. El premio fue decidido por mayoría. O sea no fue unánime.

Siendo integrante del Consejo de Fomento de la Música Nacional, solicité en más de una oportunidad a los Ministros Luciano Cruz-Coke y Roberto Ampuero revisar la legislación para trasladar el Premio al CNCA. Pues en esta plataforma al menos habría mejor conocimiento del asunto.

Pero vamos a hilar más profundo, pues de otra manera seguiremos asistiendo a aciertos y errores sostenidos sobre la base del conocimiento circunstancial de los integrantes del jurado y no de los verdaderos argumentos artístico-musicales que sustenten los galardones.

En primer lugar, hay que traspasar inmediatamente el premio al Consejo de Fomento de la Cultura y las Artes, según dicen, próximamente ministerio de Cultura.

Hay que realizar una discusión profunda acerca de qué se entiende por arte. Para efecto del debate hay que convocar a compositores, intérpretes, musicólogos y filósofos, de manera de acordar una definición que sostenga el peso del argumento y que ofrezca a la vez tanta seguridad como poco lugar a dudas a la hora de entregar un premio. Según el resultado de esta discusión la puerta de entrada al premio será más o menos ancha, o sea, la amplitud de la definición determinará quién cabe y quién no.

Hay que definir qué se entiende por aporte a la música. Pues, son muchos los que aportan, pero la puesta en valor del aporte es lo que carga la balanza en favor de uno u otro candidato.

Hechas las definiciones hay que conformar un jurado. Este debe estar integrado por entendidos y especialistas, y sin ministros o rectores de por medio. Pues, estos son administradores tanto políticos como de línea editorial circunstancial, lo que no debe tener cabida en deliberaciones de esta índole.

Entretanto hay que definir la creación de premios sectoriales, es decir, por las tres ramas de la música que establece ley, cuales son la música docta, la música folclórica y la música popular,sin que esto signifique turnar el existente premio que ya es terreno ganado y que hasta ahora suma veinte premiados del mundo de la música clásica. A la vez, determinar si el premio es válido tanto para creadores como para intérpretes.

Sobre esto y entendiendo que algunas muy justificadas excepciones pudieran ser consideradas, como los casos de Tevah, Savi, Izquierdo o incluso Arrau, yo personalmente me inclino por entregar el premio a los compositores, quienes son los que generan la materia prima.

De no seguir esta secuencia de reformas que el sentido común acusa, más otras alternativas que seguramente se me escapan, seguiremos teniendo que escribir columnas explicativas, reparos a la decisión, reclamos por mil, y descalificando al jurado y/o al galardonado toda vez que no estemos de acuerdo con los resultados.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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