Teatro Municipal, la guinda de la torta

El filósofo norteamericano Noam Chomsky dice en uno de sus postulados que la forma más efectiva de destruir la iniciativa estatal es rebajar los presupuestos hasta que las reparticiones no puedan seguir funcionando y empiecen a ser ineficientes.

Entonces se tiene el pretexto para privatizar su funcionamiento a saber porque el privado, en aras a mejorar su rentabilidad, hará una mejor gestión.

Sobre esto hemos sido testigos como país que casi nunca ha funcionado al menos en lo que dice relación con el beneficio a la población, mas, sí para mantener la rentabilidad de sus administradores.

El planteamiento de Chomsky, que es debatido por los conservadores, no es sino el mecanismo implementado desde la dictadura en adelante para destruir todo cuanto pueda ser de beneficio para la gente, y por cierto que dentro de la abultada lista, la educación y la cultura han sido afectadas profundamente por este modo de hacer las cosas. O sea, la vía chilena al neo-liberalismo, con sabor a Coca-Cola y McDonals (siempre y cuando puedas pagar).

La situación del Teatro Municipal de Santiago no es sino otro triste ejemplo de esto mismo, pues, un escenario que llegó a ser de calidad internacional, se ve afectado por el simple hecho de que los gastos fijos fueron abordados con ingresos variables.

Sobre esto, el Estado, sin considerar la importancia tanto cultural como artística de la repartición, le obliga a auto-gestionar los recursos para su funcionamiento total, sin que a la vez se le obligue a mantener el mencionado gasto fijo dentro del margen del presupuesto estatal entregado por Ley de Presupuesto. Por el contrario como digo, le permite el funcionamiento a sabiendas de que éste es económicamente inviable.

Lo que está pasando es equivalente a tener una buena pastelería con ingresos fijos. El dueño (el Alcalde de Santiago) ve que el negocio no está funcionando porque el costo de producción de pasteles es más alto que sus ingresos fijos. Entonces en vez de pedirle al jefe de producción de pasteles que haga algo para salvar el negocio, hecha a los pasteleros para bajar sus costos de producción.

Desconozco casi totalmente los detalles internos que provocaron la crisis. Sin embargo creo sin temor a equivocarme, que la conducción administrativa deficiente es responsabilidad total del Directorio del Teatro Municipal encabezado por su Presidente, el Alcalde de Santiago, el dueño de la pastelería.

Este debió estar atento del día a día del funcionamiento de la institución que preside por lo que es inaceptable que se haya llegado a la situación actual, en la cual y como siempre, el hilo se ha cortado por el lado más delgado, es decir, reducir gasto fijo reduciendo recursos humanos vitales para el funcionamiento artístico del Teatro, los que seguramente de ahora en adelante serán contratados a honorarios para suplir su falta.  

El Alcalde de Santiago debió instruir a las autoridades del Teatro para encontrar una solución sin que haya ni un solo despido. Una solución inmediata pudo ser la rebaja de los sueldos de los altos cargos, los que a saber por simples cálculos matemáticos según los datos entregados por el mismo Teatro Municipal en relación a los despidos, serían algo abultados considerando la realidad de la institución. 

Por otro lado, la contratación de extranjeros, con honorarios de mercado europeos, es un asunto que desde hace mucho tiempo algunas personas del mundo de la cultura han criticado, especialmente cuando el resultado artístico no ha sido a la altura de lo esperado, algo que ha sido recurrente en el último tiempo.

Sobre esto debo mencionar que hay en Chile (y chilenos en el extranjero) de calidad más que competente, comprobada y reconocida, que pudieran ser considerados con honorarios, dignos por cierto, pero ajustados a la realidad local.

En fin, muchas variables a analizar por los expertos, pero que en suma no podrán sino sólo hacer diagnósticos, teorizar sobre lo mismo, pero nunca poder implementar soluciones, pues el modelo no lo permite y menos cuando es administrado por los conservadores, sumidos en gráficos de productividad y auto-gestión, y donde la solidaridad es confundida con la caridad.

Dinero hay en Chile, y hay mucho. Pero está en poder de un pequeño grupo de personas. Algunos (los menos) realmente esforzados que han logrado sus fortunas con esfuerzo. La mayoría, al amparo de la ley, se han hecho ricos y súper ricos de comprobadas dudosas maneras.

Por otro lado, es poco probable que las soluciones lleguen a buen puerto toda vez que los administradores del Estado son en su mayoría gente ignorante, siendo ellos ejemplos vivos de que tampoco la educación privada ha sido exitosa en Chile y dando a diario cátedra de su condición de ignorantes.

Estas gentes tampoco consideran la opinión de los expertos y sólo se dejan guiar por sus propias experiencias de vida, muchas veces circunscriptas a ciertos barrios alejados de la realidad de la mayor parte del país.

Es triste ver como se cae a pedazos un país rico en recursos y en mentes, pero administrado por una minoría que adolece de empatía, conocimiento, e incluso de capacidades.

La solución para el Teatro Municipal no es echar a sus trabajadores a la calle. La solución es inyectarle más recursos. Recursos que están en las cuentas de todos aquellos que han sido descubiertos últimamente en sus “malas prácticas”, en los sueldos de los políticos, en las contribuciones no pagadas por algunos, y la lista es larga.

No habrá solución sin antes entender que el camino para el desarrollo, no sólo económico sino de la sociedad toda, es para el otro lado. Los dineros para la cultura y la educación no son gasto, son inversión.

Si no se entiende este principio básico implementado en muchos países desarrollados, entonces veremos en el futuro no tan lejano una nueva crisis sobre la crisis actual, que justamente se encadena con las dos crisis anteriores. El resultado será que el hermoso edificio del Teatro Municipal, transformado en discoteca o iglesia evangélica, o en el mejor de los casos en una bonita y pintoresca librería, emplazado a cuadras de un desaparecido Instituto Nacional cuyas aulas serán tiendas de un lucrativo mall, sea un triste recuerdo de un Chile que quiso, pero no fue capaz gracias a sus administradores circunstanciales de dar a su pueblo lo que se merece.

Fulanos de paso, desprovistos de una visión de país, y convencidos de que el desarrollo individual es ajeno al desarrollo de la sociedad. Que la sociedad como conjunto de individuos comunitarios no existe como ente, sino un conjunto de individuos portadores y forjadores de sus propios destinos ajenos al prójimo (como lo postulaba Margaret Thatcher).

Sobre las últimas líneas de este escrito, va mi solidaridad con los artistas y funcionarios tirados a la calle. Espero que puedan encontrar trabajo pronto. Desgraciadamente, en un par de semanas ya no serán tema.

Cada uno cuidando sus trabajos, cada uno cuidando su personal porvenir. Somos hijos del individualismo creado inteligentemente en los años de dictadura y desgraciadamente profundizado posteriormente.

Un partido de fútbol, otro escándalo no resuelto, el vestido o la corbata de un rostro de TV marcarán la agenda nacional y serán el triste e invisible recuerdo de una crisis que pasó casi inadvertida por casi todos los chilenos.

Todos ajenos, todos preocupados de sus propias maneras de sortear la vida que les tocó vivir. Verán muchos “likes” en Facebook, muchas muestras de solidaridad, pero al final del día, a buscar pega no más, que es lo único que nos ofrece nuestra sociedad chilena.

Me duele el Teatro Municipal y me duele Chile. La pucha.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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