¡Consuelen, consuelen a mi pueblo!

En la misa de este segundo domingo de Adviento, pudimos escuchar un pasaje del Profeta Isaías, donde hablando a nombre de Dios, el profeta exclamaba ¡Consuelen, consuelen a mi pueblo! Creo que es uno de los pasajes del Antiguo Testamento que me toca en lo profundo. Esas palabras las encuentro de una belleza enorme.

¿Quién no necesita ser consolado en algún momento?

Cuando nos sentimos solos, cuando la angustia se nos pega, cuando los problemas parecen agudizarse, cuando estamos enfermos, ¡qué bien nos hace el consuelo de una palabra o un gesto cariñoso? ¿Quién no ha experimentado lo sanador de un abrazo acogedor? Eso es lo que busca ser el Señor para cada uno y cada una.

Sin embargo, esas palabras cobran mayor fuerza cuando nos situamos en el contexto que fueron pronunciadas. Las palabras de Isaías están dirigidas al pueblo de Israel derrotado, deportado, en el exilio.

Aquel pueblo que vive de la añoranza de su pasado y de su tierra y que, cuando los babilonios le piden que entone una de sus canciones, responde, "¡Cómo cantar un cántico de Sión en tierra extraña!". A ese pueblo triste, le habla Isaías: "Consuelen, consuelen a mi pueblo, hablen al corazón de Jerusalén". Y pide que haya un hombre que pronuncie una palabra de consuelo y de esperanza, "Súbete a una montaña elevada, levanta con fuerza tu voz. Levántala, sin temor... ¡Aquí está tu Dios!"

A ese pueblo derrotado, exiliado, van esas palabras. Les quiere despertar y anuncia que pronto acabará ese tiempo de dolor. Pienso que muchos pueden estar ansiando un anuncio similar por estos días.

En nuestro país, viven miles de personas que, debiendo dejar su tierra en busca de una posibilidad de vida, no han encontrado las oportunidades que le permitan hacerlo con dignidad. Ciertamente, ellas pueden sentir el anhelo de ese consuelo, pues están lejos de su tierra, de su familia, de lo que les da identidad.

Pero, también puede haber otros cientos de miles que, siendo chilenos, se sientan exiliados, pues se experimentan fuera de todo, marginados, postergados, olvidados. A quienes la salud, la educación o un trabajo digno les son inalcanzables. Situación que con la pandemia se ha hecho más dolorosa y angustiante.

Vuelvo a Isaías. La esperanza que el profeta ofrecía a sus paisanos no era una utopía que había que esperar pasivamente, sin poner manos a la obra. Era una tarea que había que comenzar a realizar, abajando montes y colinas, levantando valles hundidos, enderezando las sendas torcidas e igualando las escabrosas.

Ahí está nuestra tarea. Debemos preguntarnos qué es aquello que debemos abajar, levantar, enderezar o igualar. Si queremos que la esperanza vuelva despertarse en medio nuestro, si queremos que la paz vuelva a ser el tono desde el cual nos encontramos, no podemos dejar de hacernos esas preguntas.

En la manera en que hemos construido nuestro país hay mucho de torcido, escabroso y hemos consolidado brechas que nos han distanciado inmensamente, haciendo que unos apenas sobrevivan mientras otros sobreabundan.

Estamos en vísperas de Navidad. Tiempo que para quienes somos cristianos nos habla de un Dios que nace en medio nuestro, que construye su casa al lado de la nuestra y que hace su vida con nosotros.

Pido que su presencia y cercanía nos ayuden para que en ese otro evento crucial que tenemos por delante, la elaboración de una nueva Constitución, sepamos comenzar a construir con una verdadera justicia, una que incluya a todos y todas.

Una justicia que no haga falta salir a reclamar a las calles, que no sea necesario obtenerla a la fuerza, que no reclame víctimas, pues tocará cada puerta de nuestros hogares, se sentará a nuestras mesas, y se hará encontradiza en cada esquina. Cuando eso suceda, volveremos a cantar y vaya que sonará bello.

De esa justicia nos viene a hablar ese Niño que estamos esperando. Ojalá lo acojamos en nuestro corazón.                        

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