Reducir los desastres es aprender de nuestro pasado y de nuestro entorno hoy

A fines de marzo nos reunimos en el Parque Mahuida de La Reina, para celebrar la publicación del libro “Guía de Historia Natural La Reina- Peñalolén”, creado por la ONG Viento Sur, y en el cual colaboramos un conjunto de otros grupos y movimientos ecologistas, profesores de escuelas de municipios pre-cordilleranos, y académicos.

Se trata de un proyecto financiado por el ministerio del Medio Ambiente, cuyo foco es la educación ambiental que todavía es una zona gris en el sistema educacional. Al igual que la educación ambiental, el riesgo de desastres son todavía temas no integrados a la malla curricular.  

Nuestra limitada comprensión de las amenazas naturales y de las vulnerabilidades sociales de nuestras comunidades expone a las personas, la flora, y la fauna, a sufrir los desastres una y otra vez sin aprender de experiencias pasadas y de la evidencia científica disponible.

Pareciera ser que las catástrofes y desastres siempre les ocurren a otras personas, a pesar de vivir en territorios de gran fragilidad geológica e hidrológica donde existe una considerable improvisación en el diseño urbano. En ese sentido, el libro intenta aportar a un mejor conocimiento de nuestra pre-cordillera y la información necesaria para integrarlo al currículo escolar.  

Este es el caso de los sectores pre-cordilleranos en la zona metropolitana de la cual se hace cargo este libro. Ese despreocupado entendimiento de cómo la naturaleza reclama los espacios que le hemos quitado con la expansión urbana, particularmente en los faldeos pre-cordilleranos, se somete a prueba cuando ocurren tragedias como el aluvión de la Quebrada de Macul en mayo de 1993. Ese episodio, que hoy forma parte de nuestra historia de desastres, le costó la vida a muchas personas, mientras que los sobrevivieron fueron desplazados y despojados de sus redes comunitarias. 

La desaparición y muerte de pobladores en la Quebrada de Macul y en el Zanjón de la Aguada puede volver a ocurrir. Los que sobrevivieron a ese aluvión fueron relocalizados a otras áreas de la ciudad pero nuevas poblaciones informales han vuelto a reaparecer en las orillas de la quebrada.

Como en 1993, hay pobladores que viven en casas no preparadas para soportar o mitigar la crecida rápida del caudal del río, ya sea por deshielo o cambio drástico de la temperatura y/o lluvias inusuales o normales después de un periodo de sequía.  

Más aún, la expansión desmedida y continua de edificios y casas en los faldeos pre-cordilleranos agudiza el impacto de una posible inundación. Una amenaza “natural” que puede ser la causa de otro desastre, impactando nuevamente a los más vulnerables.

Así como la destrucción del corredor ecológico que existía antes de la expansión urbana que siguió a la reconstrucción del sector alto de La Florida y Peñalolén. 

Son las mismas construcciones que continúan amenazando la biodiversidad de nuestra pre-cordillera y que no tienen intenciones de detenerse, al contar con nuevos compradores atraídos justamente por la belleza de la vista o la promesa de una quebrada o cerro sin construcciones.  

La educación ambiental esta intrínsecamente conectada a aprender acerca de la reducción de los desastres. Cuidar la pre-cordillera, educarnos en la valoración y conservación del pie andino en la Región Metropolitana, incluye considerar las amenazas naturales como parte de ese cuidado.

Pensar que el desastre afectará a otros, o tranquilizarse porque las nuevas infraestructuras podrían sobrellevar el riesgo de terremoto releva la dificultad de entender nuestro entorno de un modo holístico, que incluye una naturaleza que se “rebela” y que nos recuerda que una relación irrespetuosa con ella tiene consecuencias en nuestra sobrevivencia, la de los animales y la vegetación que conviven con nosotros en un mismo territorio.  

Nuestra falta de entendimiento de los riesgos de desastres no es disimilar a nuestra falta de conciencia respecto al devastador impacto que tiene la continua expansión urbana en la ecología de los faldeos pre-cordilleranos.

No son las lluvias, no es el movimiento continuo de los sustratos geológicos, o la energía que se libera a través de cientos de volcanes en la cordillera los que causan los desastres, es nuestra mala conviviencia con nuestro entorno, y el desconocimiento absoluto de rol ecológico que cumple cada ser vivo. 

Educarnos en la reducción del riesgo de desastres es tan necesario como la educación ambiental. Mitigar el impacto de las amenazas naturales, conocer cómo reaccionar frente a una emergencia y, planificar la ciudad para una convivencia más amable con un entorno ambiental rico y complejo con sus propias necesidades de espacio, son todas tareas educativas que se complementan.  

Los desastres y los procesos de reconstrucción impactan la  fauna y flora con su biodiversidad. La construcción de un condominio cercano a un caudal precordillerano no solo debiera prepararse para enfrentar terremotos, también de la historia hidrológica de ese territorio y el impacto sobre la vida animal y vegetal. Aprender acerca de nuestra participación en la ecología de los habitantes humanos, animales, vegetales, geológicos, es una tarea imprescindible y necesaria para asegurar una sobrevivencia sostenible.

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