A mi amiga Soledad Alvear

Algún cínico de cuyo nombre no quiero acordarme, acuñó cierta máxima incierta pero solemne, señalando que “la política es sin llorar”.

Y sin embargo, a veces y en ciertos casos muy lamentables, dan ganas incontenibles de llorar.

A lo mejor lo hacemos, silenciosa y furtivamente, como lloramos los hombres en la hora azul, crepuscular y serena, pues nos invade un profundo sentimiento de tristeza por aquellas personas amables que hemos querido en forma entrañable y espontánea.

Fueron nuestras camaradas de la primera hora de la juventud. Siempre leales, siempre honestas.

Como si fuera poco, notables estudiantes de leyes, generosamente dotadas con genética de servicio público y sin embargo, varias veces traicionadas por los allegados enfermizos del poder.

Esposas dedicadas y madres cariñosas. Hacedoras de leyes justicieras. Gentiles damas, pero de temple acerado. Mariposas de vuelo suave y delicado pero valiente para enfrentar la horda de matones que intentan avasallar al humanismo cristiano, anclado en el inconsciente verdadero de todo un pueblo.

Su consigna manifiesta es liquidar al centro político.

Ellas son de aquellas abogadas brillantes que no se quedaron en la cálida y segura oficina de un banco, ni en el despacho solemne de un tribunal grandilocuente, menos en la bucólica paz de un ministerio relajado.Escogieron la pasión de la arena popular para sentir los gozos y esperanzas y también los dolores y angustias del pueblo más desamparado.

Soledad Alvear, sin duda, lo mejor de lo nuestro, con tu cercanía y sencillez, como decía mi madre, le das valor a la gente.

Fuiste capaz de encarnar como nadie el antiguo espíritu probo de la Falange.

Asumiste el juego azaroso, el riesgo inaudito que implica un soberano que manda y que todos respetamos, y sin embargo tan veleidoso a veces, pues tiende a devorar a sus mejores hijos e hijas, tal como el pago de Chile.

Nunca esperar la gratitud. Es la verdadera consigna del cristiano.Sobre todo ahora, en estos tiempos que corren sin mística probable, tiempos duros del real politik, de la pura indiferencia, de los espacios vacíos de antiguas banderas azules, de los gratos barrios de Fernando Castillo Velasco desplegados al pie de la cordillera, de la sombra benevolente de Frei Montalva que a veces deambula por las callejuelas umbrías de Providencia al atardecer dorado de la primavera.

Querida Soledad, mi afecto incombustible, mi apoyo remoto y mi voto endeble, siempre estarán contigo.

Sé que no fue suficiente, porque ya no hay tanta sangre enérgica en las venas.

Sé también que ya no estamos en la Escuela de Derecho, donde tres o cuatro, tal vez diez, éramos capaces, siempre a mano desarmada de blandir una frase de Maritain, de agitar un campo de Reforma Agraria, de apoyar cien sindicatos de pobres campesinos sin tierras.

Y cuando llegó la hora, fuimos capaces de enfrentar con la ley al regimiento.

Y salvar a un antiguo adversario, luego perseguido de las garras del tirano, como recuerdo a la Michelle R, la nuestra, la anónima con su cara de muñeca francesa y su elegancia rubia.

Y enfrentar también, a la izquierda y a la derecha unidas, aunque, como dice el poeta , jamás serán vencidas.

Contigo se desvanece la verdadera historia de la última falange, la leyenda de los constructores de las instituciones de la nueva República, aquellos que enfrentaron a la dictadura a mano desarmada pero con ideas claras.

Siempre con el corazón ardiente.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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