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Contraste en la autopista

A fines de noviembre del año pasado acompañé a un par de voluntarios de TECHO que iban al campamento "Rivera del Río", de Talagante, para conocer cómo se estaban desarrollando los distintos programas que realizan semana a semana con las familias: ollas comunes, operativos de salud, tutorías online y trabajo comunitario apoyando a las dirigentas.

En ese trayecto, entre el límite de Cerrillos y Maipú, me llamaron profundamente la atención dos situaciones que se visualizaban en el mismo entorno. En primer lugar, la cantidad de viviendas de emergencia de varios campamentos, las que eran perceptibles desde la carretera porque llegaban casi hasta la ladera, dando la impresión de que no cabía ni una casa más. Por otro lado, un gran trabajo de ingeniería para ampliar a tres calzadas por lado el camino que nos lleva hacia el litoral central.

Lo más probable es que una faena sea prioridad y, por lo mismo, todo el equipo de ingenieros tenga que trabajar más horas, se contrate más gente y se destinen todos los recursos necesarios para cumplir con los tiempos estipulados para su entrega. Mientras tanto, la solución para que las miles de familias que se ven desde lo alto de la autopista puedan salir de ese lugar tardarán ¿10, 15 o 20 años? soportando no contar con servicios básicos como acceso al agua potable y la contaminación acústica que implica el haber sido arrojados a vivir a un campamento a la orilla de una carretera de tres pistas por lado.

Cabe preguntarse entonces ¿por qué una de ellas es prioridad y la otra no? Tiendo a pensar que aquello ocurre porque respecto a una hay intereses de quienes toman importantes decisiones, versus respecto a la otra, la vida de los pobres, que "siempre ha sido así". De alguna manera hemos domesticado el sufrimiento y el dolor humano, al punto de naturalizar que "otros" tengan que vivir en condiciones que quizás ninguno de los que usaremos la triple calzada, vivamos algún día. Algo análogo ha ocurrido con el proceso de inoculación que hemos llevado como país y que nos llena de orgullo.

Hasta el miércoles 24 de marzo, un día antes de las preocupantes cifras que arrojó el Catastro de Campamentos de TECHO-Chile, el ministro de Salud nos reportaba que habían llegado 180 mil dosis de vacunas Pfizer al país y que llevábamos más de 6 millones de personas vacunadas, todo un logro, digno de ser celebrado. Esto ocurre porque la pandemia nos afecta a todos, porque el Covid-19 es absolutamente imparcial y no discrimina ni por tu domicilio, edad, sexo, nacionalidad y menos aún si tienes Fonasa o Isapre. Por tal razón, nadie pone en duda que se desarrolle el proceso de vacunación como política de Estado. En cambio, caer o ser desplazado a vivir en un campamento sí es arbitrario, depende directamente de tu bolsillo, tus redes y las posibilidades que tienes. La mayoría de las personas que llegan a vivir a campamentos simplemente no ha tenido otra opción.

Cerca de 82 mil familias viven hoy en estas condiciones. Si no tomamos estas cifras en serio, si no abordamos el problema de déficit habitacional como política de Estado (más allá del gobierno de turno), como un problema de un virus deshumanizante que sí discrimina, seguiremos tapando con ripio los baches del camino rural que no usan los que transitan por la Autopista del Sol.

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