Crónicas de Ciudad. La deudora

Doña Clarita trabaja de lunes a sábado en una peluquería. Tienen dos hijos  que ya se acercan a los treinta años y que aún recurren a ella cuando necesitan dinero.

El marido se fue cuando ellos eran pequeños y ella, como muchas mujeres, en vez de pelear para conseguir algo decidió apechugar sola.

Porque los hijos son lo que más quiere en la vida quiso asegurar su futuro y los mandó a un colegio pagado. Todo lo que ganaba era para satisfacer las necesidades de los niños.

Ellos han sido su razón de existir. Tenía muchas esperanzas puestas en sus dos muchachos, pero al final salieron buenos para el trago, como la mayoría de los hombres de su familia.

El mayor estudió en varias universidades privadas y  nunca terminó ninguna carrera.

Ella lo apoyaba y seguía  pidiendo préstamos, pero el muchacho no tenía el rigor del estudio y aprovechaba la soledad de la casa materna, conseguida gracias a los planes del Estado, para pasar allí las horas con su polola.

Cuando la hizo abuela ella le exigió que trabajara, pero no duró en ningún lugar. Ella se enorgullece de que sea un buen padre pero no acepta tener además que hacerse cargo de la nieta.

La relación con la polola terminó cuando ella se dio cuenta de que no resultó ser  el hombre al que ella aspiraba y lo abandonó. Ahora el hijo le lleva a la niñita los domingos para que se la cuide.

El  segundo hijo terminó sus estudios y, feliz con su diploma de universidad privada, creyó que podía ser un microempresario.

Entonces la madre pidió un nuevo préstamo y, después de un año y de romperse la ilusión empresarial,  tuvo que hacerse cargo de una nueva deuda.

Todo lo que tienen lo han conseguido así: el televisor, el computador y los electrodomésticos se compraron con tarjetas de  casas comerciales. Los ingresos de los hijos no alcanzan para pagar las deudas con las universidades y la mantención de la nieta.

Doña Clarita se acerca a la edad de jubilar, pero no puede hacerlo. Lo que sacará no le permite cumplir con sus compromisos.

Ahora debe más de nueve veces su renta bruta y dedica más de la mitad de su sueldo líquido a pagar préstamos de consumo, una situación que es común en el país para más del cincuenta por ciento de los trabajadores.

Aún así, recibe llamados ofreciéndole nuevos créditos preaprobados.

Hoy el sueño de doña Clarita es que los muchachos consigan un buen trabajo que permita pagar las deudas y así poder tener una vida un poco más tranquila.

Por ahora sigue trabajando en jornadas extenuantes, sin esperanzas de una vida mejor.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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