El último de los derechos, morir bien

El caso de Paula Díaz, una mujer de 19 años que sufre una extraña y dolorosa enfermedad y que ha solicitado la eutanasia, ha puesto nuevamente en el tapete esta discusión en la agenda nacional.

Eutanasia, del griego eu-thanatos, significa “verdadera muerte”. Es entendida en general, como la acción en que un profesional de la salud realiza una acción directa para provocar la muerte de un paciente terminal.

Suicidio asistido, en tanto, es la acción en que a un paciente se le entregan los medios para que el mismo cause su muerte. Ninguno de los dos es legal en Chile. Bajo mi punto de vista, esto no es sensato. Una sociedad democrática debería al menos reconocer el legítimo derecho a disponer de la propia vida a través del suicidio asistido. 

En la antigüedad clásica se reconocía la importancia de decidir prudentemente cuando partir. Pensaba Séneca (filósofo romano): "el sabio vivirá cuanto debe, no cuanto puede: verá dónde ha de vivir, con quiénes, cómo, qué ha de hacer. Piensa siempre en la cualidad, no en la cantidad de la vida; si se presentan muchas cosas molestas y perturban la tranquilidad, se sale él mismo de la vida. Y no hace esto solamente en la fase última de la vida, sino tan pronto como empieza a vislumbrar la fortuna, examina con diligencia si se ha de acabar de vivir." 

Curiosamente, nuestra sociedad poco preocupada de la calidad de vida de las personas, parece empeñada en hacer que vivan lo más posible sin importar los medios ni que la misma persona no quiera vivir.

Parece, en cierta forma, una dictadura de la vida donde todo aquel que no está dispuesto a hacer lo que sea por vivir es un trastornado. Esto resulta extraño.

Por un lado, una sociedad liberal no debería poner mayor preocupación en sancionar o castigar acciones que atañen solo al individuo mismo. Así, no se sanciona el derrochar dinero (aunque a algunos esto les parezca reprochable).

Tampoco ya se sanciona el sexo entre hombres (castigado en Chile con un tipo penal hasta 1993), Se trata simplemente de acciones, donde sólo está en juego la autonomía. 

¿Por qué entonces hay oposición al suicidio asistido?  

Quienes argumentan en contra señalan que debe mejorar el acompañamiento y cuidados de los enfermos terminales. Esto es falso. Si bien es cierto que hay pacientes solos y no acompañados, eso no invalida sus decisiones.

Es más, hay pacientes que por estar muy acompañados, no desean que sus familias se queden con un recuerdo doloroso de ellos, deseando partir antes que su cuerpo o mente se deteriore.

Más aún, muchos pacientes que buscan el suicidio asistido, no poseen una enfermedad terminal, si no que padecen condiciones de postración irreversibles, que si bien para otros pueden ser tolerables, para ellos no lo son. 

Otros, en tanto, se oponen al deseo de morir convirtiéndolo en una enfermedad. No importa cuanto sufrimiento o dolor, el suicida será siempre un enfermo depresivo, que sólo necesita ver películas cómicas y tomar litio. Esto es falso. Se estima que entre un 3 y un 38% de los pacientes terminales con cáncer tiene depresión. O sea, más del 60% no está deprimido. Estar gravemente enfermo o discapacitado, no implica depresión. 

Muchos sostienen, buscando poner fin a la polémica, que defienden la vida desde la concepción hasta su muerte natural. Pero,  ¿qué es la muerte natural?

Hay muerte natural en la apendicitis aguda o en un infarto sin tratamiento oportuno. La medicina entera es un proceso donde transitoriamente buscamos torcer la mano a la naturaleza misma, por medios nada “naturales”, cirugías, ventilación mecánica, radioterapia, y un largo etc.

Es decir, usamos a diario medios no naturales para prolongar la vida.  ¿Por qué no usarlos también para poner fin a esta? 

Por otra parte, hay quienes sostienen que si bien uno puede disponer de su vida, esto no debería garantizarlo el Estado. Tampoco es cierto. Los cuidados paliativos previos a la muerte ya son una garantía AUGE. El suicidio asistido debiese ser uno más de estos atendidos. No se pide que el Estado ponga fin a su vida, sólo que proporcione los medios a quien quiera hacerlo. 

Finalmente, la vida desde un punto de vista individual, no es un bien en sí mismo. Su valor es relativo y depende de nuestra escala de valores. Más valioso es para muchos hombres y mujeres permanecer con sus facultades mentales intactas hasta la muerte. Al verlas en pérdida, prefieren morir. Otros asignan más valor a evitar el sufrimiento  de una muerte lenta, para él y sus familias. Hay quienes preferirán morir de lo que sea que llamemos una muerte natural.

Otros en la guerra, sacrificando su vida por alguna causa como periodistas muriendo por la libertad de expresión, médicos prestando atención médica en situaciones de crisis, y tantos más. Lo importante, es que tratándose de algo tan personal, la decisión autónoma del individuo debería primar en una sociedad liberal y desgraciadamente no vemos eso. 

Es por esto que el Estado debería legislar para garantizar al menos el suicidio asistido, para que cumplidos ciertos requisitos, como un diagnóstico y pronóstico conocidos, ausencia de enfermedad mental sin tratamiento,  y  una comisión médica distinta al equipo tratante que lo autorice, una persona pueda poner fin a su vida en forma asistida.

Hace bien el gobierno en comprometer recursos en lograr el hasta ahora desconocido diagnóstico de Paula. Haría aún mejor, comprometiendo el apoyo a un proyecto de ley de suicidio asistido.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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