El Sí a las hipotecas de las casas de adultos mayores

“Es una aberración, que tú, una socialista de toda la vida y que luchó contra la dictadura desde tu trinchera, me salgas ahora con que no es tan malo, que le quiten las casa a los viejos y se enriquezcan más los poderosos “decía muy enojada una amiga del alma cuando el tema salió a relucir.

Se trata o se trataba de un proyecto, que permitiría a los adultos mayores pensionados y que reciben baja jubilación, hipotecar sus casas y el dinero se le daría mensualmente como una suerte de adicional a la pensión.

Lo he reflexionado mucho  y me convenzo mucho más, que es una solución a corto plazo y antes, que los brillantes cerebros de nuestros compatriotas políticos y de los otros, se les ocurra algo, que dicho sea de paso, no ha sucedido en décadas, que muchos de nuestros adultos mayores pasen a mejor vida.

Por muchos años trabajé visitando a personas, que al jubilarse tenían pensiones de miseria y su único activo y pasivo de patrimonio era su casa.Dentro de esas humildes moradas en varias ocasiones encontré la luz cortada, el teléfono, el agua y nada dentro del refrigerador. En el invierno, sin estufa (no había para gas ).

Esa visión terrible y actual me llevó a pensar, partiendo de la premisa que lo único de importancia para la gran mayoría de nuestros viejos, es su casa. Modesta pero sin deuda ya. Es el único patrimonio. Ese patrimonio que lo adquirieron con esfuerzo, sacrificio y mucha paciencia, se fue forjando a medida, que los hijos crecían y se les daba una educación. Se fue forjando a medida, que los hijos se casaban para que finalmente, los “viejos” están solos y pasando penurias.

Las casas, que me tocaba visitar, en Cerro Navia, Pudahuel, Lo Prado, Quinta Normal, Renca son casitas, que hoy valen un poco más de 20 millones. Hice unos cálculos, que no sé si serán errados, pero reales lo son, que por 15 o 20 años tendrían una pensión “ extra” de 110.000 pesitos, que les daría a esos viejos una mucho y mejor calidad de vida. Esa plata sería la diferencia entre tener para sus remedios, para pagar la luz, el teléfono, el agua, el gas, para comer mejor.

Me detiene una poderosa idiosincrasia chilensis, que es, “que nuestra casita se la dejamos a los hijos”. Es una gran valla ancestral. Con la cual no estoy para nada de acuerdo.

Ahora vienen las cuatro preguntas fundamentales.

¿Hasta cuándo duraría?

¿Si queda solo un conyugue?

¿Si se quisiera rescatar al morir prematuramente los dos ?

¿A cuánto se tasaría el valor del préstamo?

Duraría, según cláusula, hasta que ambos fallecieran; si queda solo un cónyuge, se le paga lo mismo al que sobreviva; si se quiere rescatar por sus herederos, que lo puedan hacer; se tasaría al valor comercial.

Sé, que queda lo  más pesado en preguntar ¿quién se enriquecerá con esos negocios? A lo que no tengo respuesta, porque no me interesa a quien irá el dinero, mientras que a esos dos ancianos se les devuelve la dignidad de un término de vida, que se lo merecen.

Y mientras, que a nuestros brillantes cerebros politiqueros se les ocurra de alguna manera, devolver la tranquilidad a los que se pensionan por debajo de la mitad del salario  mínimo vigente. Lo que es hoy, urge hacer algo. Es mi modesta opinión.

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Edición
Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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