La moralización de la política

En el último tiempo hemos sido testigos de un fenómeno cada vez más peligroso que consiste en la moralización de la política. Este consiste en la transformación del conflicto político, en el que se enfrentan oposiciones de intereses, de apuestas futuras y de posturas ideológicas, en un conflicto moral. Lo que estaría en juego en la lucha por el poder del Estado no sería la opción que los ciudadanos toman sobre el porvenir del país, sino lisa y llanamente la oposición entre el bien y el mal.  

Esta oposición moral, a diferencia de la oposición política se da en términos absolutos pues lo que está en juego en ella es la realización de los valores que se consideran indispensables para que tenga lugar en la sociedad la vida aceptable y digna de los ciudadanos.

El “bien” se confunde con mi propio pensamiento, con lo que yo he decidido para mi país, y tiene que ser realizado cualquiera que sea el medio para conseguirlo. Mi causa está legitimada absolutamente, por eso cualquier duda al respecto constituye una debilidad injustificable frente a la cual el culpable debe ser sometido al dictamen del tribunal del pueblo.

Al entrar en este tipo de conflicto moral las acciones del adversario son juzgadas de acuerdo a criterios totalitarios; las personas que no están de acuerdo con las posturas consideradas únicas aceptables, no son adversarios en una lucha que se decide en las urnas o por otros procedimientos democráticos, sino derechamente enemigos en los que se encarnan los poderes destructores del mal.

Por lo tanto, dada la envergadura de lo que de ese modo se pone en juego, derrotarlo se transforma en una cruzada en la que quedan justificadas todas las armas, desde el escarnio público, hasta la violencia y la muerte; el enemigo debe ser derrotado por cualquier medio, no tiene derecho a sus propias ideas en las que se encarna la malignidad del ser humano.  

La oposición política es diferente. Ella se basa en la aceptación de una situación en la que hay un terreno común en el que las partes están de acuerdo.

Por eso solo hay política en un régimen democrático, basado en un consenso sobre los límites en los que tiene que darse la discusión sobre el futuro de la sociedad.

En la política se acepta la legitimidad de las posturas diferentes, las que no son interpretadas como tendencias malignas que deben ser eliminadas, sino como simples opciones que se toman en una discusión cuyo resultado siempre encierra incertidumbre.

Nadie puede afirmar con total certeza que sus propias posiciones sean efectivamente las mejores y las más eficaces y por eso todas se entregan de buen grado al escrutinio de las mayorías que decidirán sobre su ejecución.

Por cierto, estas discusiones pueden llegar a alcanzar un cierto grado de violencia, pero siempre dentro de los límites que impone el juego democrático aceptado por todas las partes. Allí donde estos límites se transgreden se pasa de inmediato a la dictadura donde es simplemente el poder físico de las armas el que decide sobre los resultados. 

El ataque a las personas sobre la base de criterios morales y no políticos es un abandono de los principios democráticos. La política tiene también sus propias exigencias éticas, pero estas no llegan hasta la absolutización de las posiciones propias y la deslegitimación de las posturas de los oponentes.

Cuando aparecen los moralistas estamos al borde del peligro de caer en la violencia generalizada pues la moral no admite razonamientos, simplemente juzga, condena y pasa al acto.  

Vivimos tiempos de extremismo y nos hemos alejado de la serenidad en la que se funda la discusión democrática. Las opciones políticas comienzan a transformarse en cruzadas en las que impera la descalificación del otro, que ahora aparece como enemigo.

La moral ve además la situación histórica como estable, allá los malos y acá los buenos, abstracción completamente opuesta a la movilidad de la política, en la cual nada está fijo y en la cual no solo hay un conflicto como lo ve la visión moralista sino varios a la vez y de distintos géneros. Y estas oposiciones no son necesariamente todas de derecha y de izquierda.

Las cosas están revueltas, las fuerzas en conflicto se desplazan, las posturas cambian, las alianzas entran en discusión y se ponen en entredicho. Por eso, la derrota de estas posturas moralistas es un deber democrático. Si nos dejamos llevar por ellas se pondrán en peligro las bases mismas de nuestra convivencia y de nada nos servirá una nueva Constitución, si de lo que se trata es de que los buenos se impongan y los malos sean eliminados.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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