La desigualdad multiplica el contagio del virus

Como escribió Nicanor Parra,  Hay dos panes. Usted se come dos. Yo ninguno. Consumo promedio: un pan por persona. En esta pandemia, el mito que asume que el virus no distingue a quien ataca, es eso, un mito.

El virus tiene la particularidad de no solo visibilizar la desigualdad o hacerla peor, también de descubrir dónde existe para atacar. El virus es solo un fragmento genético ávido de reproducirse y sin intención, busca los huéspedes más fáciles para trasladarse y acoplarse.

Eso significa que ciertas condiciones sociales y ciertos sistemas inmunológicos le facilitan la tarea.

El virus se ancla donde las personas están cerca, donde no hay agua para mantener la higiene, y termina enfermando seriamente a las personas con peor salud física. Por lo tanto, el virus tiene una ventaja comparativa donde la inequidad hace estragos.

En un mundo paralelo a la desigualdad, uno escucha el discurso diario de la vocería y lee los titulares de los medios: la conclusión es que la pandemia está por terminar.

Las cifras de contagios, la enfermedad, y las muertes, comienzan, sin embargo, a localizarse en las comunas más precarizadas de la Región Metropolitana y aquellos territorios donde el medio ambiente está bajo ataque, las zonas de sacrificio. Mientras la pandemia se ubique en las zonas de sacrificio y no en los más privilegiados, la pandemia se considerará bajo control.

Los lugares de sacrificio son donde el aire es irrespirable y causa enfermedades, la tierra está seca porque el agua pertenece a las plantaciones de bosques o paltos, o está saturada de salmones depredadores.

O en aquellas comunas más precarizadas de las grandes urbes donde también falta el agua, hay violencia social, y sus habitantes dependen de trabajos en los barrios más privilegiados.

En Calama o en la Región de O’Higgins, por ejemplo, la positividad estos días sobrepasaba el 45%, esto significa que casi la mitad de las personas testeadas son diagnosticadas con el virus.

Estas son subestimaciones, sabemos que el testeo en regiones es deficitario, los datos son más imprecisos, y los resultados demoran más tiempo en ser procesados. Además, la infraestructura hospitalaria es más precaria. Más aún, la salud en zonas de sacrificio es peor y, por lo tanto, el impacto del virus es mayor.

La visibilidad de la desigualdad también se manifiesta en cifras: La Pintana puede presentar un 40% de positividad mientras que Providencia un 15% en estos días. Vivir en la comuna Pedro Aguirre Cerda pone a sus habitantes en seis veces más riesgo de morir por contagio del virus que en la comuna de Vitacura.

Estas grandes desigualdades en un territorio relativamente pequeño demuestran el impacto que tienen las determinantes sociales de la salud en la respuesta al coronavirus. Cualquier medida de desconfinamiento, por lo tanto, no puede estar basada en índices que promedian el impacto del virus, su detección, tratamiento o mortalidad.

El virus no nos enferma o mata de modo igualitario. Eso significa que un 10% de positividad en la Región Metropolitana puede implicar que los barrios más privilegiados de la ciudad están bastante libres de contagio, pero basado en la evidencia presente, es obvio que el impacto en las zonas más vulnerabilizadas son de distinto orden. Es por ello, por ejemplo, que los países recomiendan niveles de positividad alrededor de menos del 3% de modo de hacerse cargo de estas disparidades en un mismo territorio.

Las zonas de extracción y la capital están conectadas con un flujo constante de trabajadores y profesionales que van durante la semana o incluso por el día en avión y/o bus. A pesar de las promesas de reducir la movilidad entre regiones con alto contagio, la movilidad continúa siendo alta.

CODELCO, para ilustrar, tiene un 5% de contagiados diagnosticados entre su fuerza laboral. Eso explicaría porque las regiones nortinas presentan aún un contagio en alza.

En la RM, la movilidad es también un problema serio. La positividad promedio puede haber ido bajando en Santiago, pero los datos aún son imprecisos ya que el número de pruebas también ha bajado de un promedio de más de 20 mil diarios, alrededor de los 15 mil diarios.

Pero si hay comunas con más alto nivel de pobreza y hacinamiento con la mayor cantidad de contagiados y fallecidos, el desconfinamiento debe considerar la movilidad de estas personas a otras áreas de la región y fuera de ella.

No basta establecer cordones sanitarios durante fines de semana largo que afectan fundamentalmente a los que tienen recursos para salir, porque el impacto mayor está en aquellos que circulan con permiso para trabajar en la región o viajan entre regiones en buses atestados.

La desigualdad es una dimensión que solo recién el gobierno comienza a conocer. Entender las demandas de una economía informal y hacinamiento, sugiere que la cuarentena en mega edificios de varias comunas en la RM son vectores de contagio y potencial alta carga viral.

De hecho, muchos de esos edificios, “los guetos verticales”, funcionan con mini ciudades detrás de sus puertas, con comercio, servicios de comida y recreación. Los ascensores y pasillos no están necesariamente ventilados y la posibilidad de contagio es mucho más alta que la de edificios en comunas más privilegiadas.

Muchos de los habitantes de lugares con alto hacinamiento son además los que trabajan en tareas donde hay muchísima movilidad e interacción social como el delivery, y el trabajo de aseo y servicios en el resto de la ciudad.

Pensar la cuarentena en estos lugares no puede solo informarse por un decreto de cuarentena familiar con fiscalización severa en la calle, necesita conectar con las organizaciones sociales y comunitarias que aseguren la prevención de brotes a medida que la pandemia se controla.

Las personas de las zonas con más vulnerabilidades son las que están en más riesgo de contagiarse, enfermarse y no acceder a la atención de salud a tiempo, y contar con una red de apoyo social y económico.

Son, además, en el caso de las mujeres, niños y niñas, las más expuestas a la violación de sus derechos y la violencia familiar.

La evidencia nacional e internacional demuestra que durante una crisis como pandemia o desastre, las mujeres sufren mucho más debido a la presión por sostener una carga de trabajo familiar y laboral aún mayor, con pérdida tanto de acceso a ingresos como de derechos. Más aún, el estrés de la educación remota también impacta más significativamente a madres y niñas.

De manera similar, las personas en situación de ruralidad y los territorios indígenas son usualmente invisibles en las cifras y medidas que se toman durante una pandemia.

En síntesis, los promedios son básicamente inservibles para entender el impacto de la pandemia en un territorio donde existe la inherente desigualdad como la que el virus ha develado en Chile.

Es necesario reconocer que las medidas deben apuntar rápidamente a apoyar aquellos más en riesgo de contagio, enfermar, y morir, y a generar condiciones habilitantes para que estas mismas familias y comunidades, no tengan que continuar en la indigna situación de ser el huésped de un virus que prospera en la desigualdad.

Eliminar el virus es eliminar la desigualdad o el sacrificio de algunos y algunas, para que los más privilegiados puedan asumir que todo volvió a la normalidad.

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